Cambio y fuera

Morir con inspiración

A mi madre se le agudizó el sentido del oído. A distancia podía escuchar los latidos del corazón de los otros, así adivinaba la tristeza ajena o el secreto feliz. Nos ayudó a reconocer lo que cada uno tiene de excepcional.

Todo comenzó el 31 de marzo, en el centenario de Octavio Paz, y terminó el 23 de abril cuando Elena Poniatowska recibía el Premio Cervantes. En medio, Semana Santa, la muerte de Gabriel García Márquez, un sismo, marchas… todo transcurría tan cerca y a la vez tan lejos mientras nos entregábamos a la experiencia única de acompañar a mi madre en lo que, nos dimos cuenta de pronto, serían sus últimos días.

En la enfermedad de un ser querido se sale uno del tiempo. La tierra detiene su rotación y las trivialidades en las que malgastamos las horas caen a plomo sobre el suelo. Nunca nos sentimos tan auténticos, tan conscientes y tan frágiles como cuando bordeamos esas fronteras humanas. Nuestro corazón se desconecta del mundo exterior y vive a un ritmo ajeno una experiencia intensa y tan íntima que nos absorbe por completo, dice Rosa Montero. Y su descripción es tan exacta como los 24 días en el hospital.

Miré los ojos de mi madre, verdes a veces y cafés otras, pero siempre grandes y bien abiertos para percibir la belleza en los ojos de los otros. Observé sus manos que se doctoraron en ternura y me regalaron, a los siete años, Los titanes de la literatura infantil, mi primer libro, y luego cientos de sorpresas. De su boca escuché las primeras canciones y los primeros cuentos. En nuestra casa nunca hubo abundancia material, pero se inventaba la felicidad todos los días. En las navidades o cumpleaños el reino de la imaginación se apoderaba del espacio sin regateos. Los fines de semana, las bohemias en casa terminaban cuando callaban las guitarras al amanecer… Su lugar favorito era el salón Riviera y después el Siqueiros pianobar donde un día encontró a García Márquez, corrió a su casa por un ejemplar y luego volvió feliz con una dedicatoria.

A mi madre se le agudizó el sentido del oído. A distancia podía escuchar los latidos del corazón de los otros, así adivinaba la tristeza ajena o el secreto feliz. Nos ayudó a reconocer lo que cada uno tiene de excepcional para trabajar a partir de ello con libertad. Nos puso alas y nos ayudó a recogerlas cuando se desarmaban, con un tequilita, una sopa y un consejo inteligente.

Su fortaleza resistió capítulos tristes de su niñez, la muerte de una hija de seis años, la pérdida de mi padre luego de medio siglo juntos o la de su querido hermano hace tres meses. Y ni los dolores físicos o las batallas del alma pudieron quitarle nunca el brillo en los ojos, la sonrisa, una dulzura a prueba de todo, las ganas de bailar, de escuchar un buen trío o de adorar, sin límites, a sus hijos y nietos.

Por eso, en la despedida, Roberto, Pamela y yo tomamos sus manos, la miramos a los ojos, le dimos las gracias y le dijimos que podía descansar en paz, que estaremos bien con ella, que nos enseñó a celebrar la vida, dentro de nosotros. Aunque la añoranza duela, porque como dice Arnoldo Kraus, “nunca hay una buena edad para ser huérfanos”.

En su Diario de invierno, Paul Auster cita a Joubert: Hay que morir inspirando amor (si se puede) y comenta: “Probablemente no exista mayor logro humano que merecer amor al final”. Y vaya que Adelina, “La Neneka”, lo logró. 

adriana.neneka@gmail.com