Cambio y fuera

Jesús y la literatura

Steiner  advierte que no apreciamos en su justa medida la increíble originalidad, el carácter propiamente inaudito que debió representar el proyecto evangélico.

En El silencio de los libros George Steiner, el ensayista y crítico literario, afirma: “Todavía hoy, nuestra sensibilidad occidental, nuestras referencias interiores habituales tienen una doble fuente: Jerusalén y Atenas. Dicho con más exactitud, nuestra herencia intelectual y ética, nuestra lectura de la identidad y de la muerte nos vienen directamente de Sócrates y de Jesús de Nazaret. Ninguno de los de los dos se jactó de ser escritor, no digamos de publicar”.

En su ensayo dedica unas páginas a estos hombres que no escribieron ni dictaron, sino que pertenecen al mundo de la oralidad y cuya preservación en la memoria se debe a las plumas de Platón, en el caso de Sócrates, y a los evangelistas en el de Jesús.

Acerca del Nazareno, “encarnación del Verbo”, dice que lo suyo pertenece al orden de lo existencial, de una vida y una pasión no escritas en un texto, sino realizadas en la acción. Y dirigidas no a lectores, sino a imitadores y testigos. Enseñó mediante parábolas “cuya extrema concisión y carácter lapidario apelan eminentemente a la memoria”. Para él, es un enigma si el de Galilea era iletrado o no, porque la única alusión que se hace en los Evangelios al acto de escribir corresponde a Juan cuando cuenta en el episodio de la mujer adúltera que Jesús traza unas palabras en la arena cuyo significado nunca sabremos, porque Jesús las borró enseguida.

Steiner advierte que no apreciamos en su justa medida la increíble originalidad, el carácter propiamente inaudito que debió representar el proyecto evangélico. Atribuye la genialidad de los evangelios sinópticos a “la extrema tensión entre una oralidad sustancial y una escritura performativa”. Lo esencial de su carga provocadora, para el crítico, se encuentra en la transmisión casi taquigráfica de las palabras habladas, a través de una escritura narrativa, dictada con urgencia a la luz, dice, del temor de que al refinamiento y a la cultura de la memoria oral le quedase poco tiempo.

Para Steiner, Pablo de Tarso no solo es “el más hábil virtuoso en relaciones públicas del que hayamos tenido conocimiento” sino “uno de los más grandes escritores de la tradición occidental”. En toda la literatura, sus Epístolas “siguen siendo una obra maestra de la retórica, de alegoría empleada con fines estratégicos, de paradoja y de juicio mordaz”. El hecho de que san Pablo cite a Eurípides, agrega, nos habla de un hombre de cultura libresca, “casi la antítesis del hombre de Nazaret cuya transmutación en Cristo opera”.

Muy pocas figuras en la historia, asegura Steiner y menciona a Marx y a Lenin como ejemplos, pueden rivalizar con “la maestría de la propaganda paulina” en su sentido de propagación pedagógica. “Ni igualar su intuición de que los textos escritos pueden transformar la condición humana”.

Como Horacio y Ovidio, más o menos contemporáneos suyos, “Pablo tiene la certeza de que sus palabras, en su transcripción, publicadas y vueltas a publicar, van a durar mucho más que el bronce y seguirán resonando mucho tiempo en los oídos y en la conciencia de los hombres cuando todos los mármoles se hayan convertido en polvo”.

adriana.neneka@gmail.com