Cambio y fuera

Israel sin la FIL

Con nostalgia anticipada por algo que aún no ocurría, lamentaba recientemente no poder asistir a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, cuando llegó a mis manos un boleto hacia el corazón de Israel. Fui y regresé en un día. Estuve en Tel Aviv, en el desierto de Arad y en los suburbios de Jerusalén, en los kibutz y en las bibliotecas, en la memoria de aquello que no debió suceder y en los ojos de quienes miran el conflicto con Palestina desde el territorio libre de la escritura.

Israel a cuatro voces, de Silvia Cherem, es un pasaje a Medio Oriente para acompañarla en sus conversaciones con David Grossman, Amos Oz, A.B. Yehoshúa y Etgar Keret, cuatro grandes de la literatura israelí que nos permiten entrar, como dice José Gordon en el prólogo del libro, al registro “de las voces secretas de otra cultura (…) donde se atrapan los sueños y pesadillas de otros pueblos”, donde “podemos sentir su respiración, su pulso vital más íntimo”.

El libro contiene, más que una serie de entrevistas, un gran relato a cuatro voces donde una más, la de Cherem, emerge en forma de periodismo literario con la autoridad de quien ha leído toda la obra de sus interlocutores y es capaz de identificar en qué momento se diluye la línea que divide la vida del escritor con la de sus personajes, para entrar sin taladro al alma de los autores.

Con Cherem penetramos en la biografía insumisa y rebelde de los escritores, donde la muerte de seres queridos —la de Uri, hijo de Grossman, en la guerra con Líbano (¿Cómo voy a poder / pasar a septiembre / quedándose él / en agosto?), el suicidio de la madre de Oz y el del mejor amigo de Keret…— es tan constante como la recuperación de la vida gracias a la escritura y al amor. Visitamos el escritorio de los autores y sus plumas (Oz tiene dos: una para escribir historias y otra “para mandar al demonio al gobierno”), su “diccionario emocional”, su intimidad, la tragedia del Holocausto sin lugares comunes y el día de su amanecer literario, tabla de salvación, alivio para las heridas y lugar de encuentro con el Otro.

Así sabemos que Oz escribió Mi querido Mijael por las noches escondido en el baño del kibutz, que Etgar Keret hace cuentos por su ansiedad de comerse la realidad de una mordida, que para Grossman imaginar es un antídoto contra el miedo, que la obsesión de Yehoshúa es la búsqueda de la identidad… Y que todos son activos defensores de la paz.

El fin de la ocupación israelí en los territorios en la Margen Occidental, el derecho de los árabes de Palestina y de los judíos de Israel a “un hogar” son luchas y anhelos que solo serán posibles desde el mutuo reconocimiento. Porque el error de ambas partes ha sido, para Oz, “la negación del Otro”. Quizá sean la literatura y el arte un punto de encuentro, porque como piensa Grossman: “No podemos darnos el lujo de la desesperanza”.

Gracias a Cherem pude acercarme a Israel a través de sus escritores sin ir a la FIL. Aunque lamento no ver esta tarde, en la presentación del libro, a Keret con los zapatos de su padre, esos que usa cada vez que viaja, para recordarlo.