Cambio y fuera

El Informe y la verdad

En el país que se mueve hacia la prosperidad que nos presentó Peña Nieto en su discurso, no hubo palabras significativas para los 22 mil desaparecidos, las víctimas de la trata de personas o de los feminicidios.

El Zócalo de la Ciudad de México, un espacio simbólico en la capital de este país, donde la historia prehispánica se expresa en el Templo Mayor, la época colonial en la Catedral Metropolitana y la era moderna del poder en el Palacio de Gobierno, se usó como estacionamiento de los invitados especiales de Enrique Peña Nieto a su segundo Informe de gobierno.

Unos 460 coches y camionetas de lujo se instalaron ahí donde cada mañana se iza la Bandera, donde se conmemora la Independencia, donde los ciudadanos exigen justicia, donde miles de madres reclaman a sus hijos desaparecidos, donde el gremio periodístico denuncia las agresiones continuas a sus compañeros, donde familias desmembradas por la violencia del crimen organizado se han hecho visibles para demandar que cesen la sangre, los secuestros, las extorsiones, la impunidad y la corrupción… Es decir, ahí donde la memoria colectiva cobra forma se instaló la prepotencia.

Dentro del Palacio Nacional, en el Informe del Presidente, las omisiones pesaron más que las toneladas de hojalatería sobre la Plaza Central. Porque en el país que se mueve hacia la prosperidad que nos presentó Peña Nieto en su discurso, no hubo palabras significativas para los 22 mil desaparecidos, las víctimas de la trata de personas o de los feminicidios, tampoco para los periodistas y los defensores de los derechos humanos silenciados, los huérfanos de la violencia o los migrantes extorsionados. Quizá porque como dice Sándor Márai en sus Diarios: “No puedo sentir lástima por ‘las víctimas’. Uno solo puede compadecerse de los individuos. Un hombre es la totalidad. Cien mil personas es meramente una cifra”.

EPN afirma que México se mueve hacia la paz porque las cifras en homicidios, secuestros, robos y recomendaciones de la CNDH han disminuido con respecto a 2012 y 2013. Pero para alcanzar la paz, como nos han enseñado países que transitaron por estelas de sufrimiento y violencia, es necesario reconocer la verdad, hacer justicia, sancionar a los culpables y reparar a las víctimas.

Recientemente visité el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos en Santiago de Chile. Se construyó en 2010 para darle visibilidad a las violaciones a los derechos humanos cometidas entre 1973 y 1990 por la dictadura de Pinochet. Su objetivo es dignificar a las víctimas y a sus familias, estimular la reflexión y el debate para que los hechos no se repitan. Es un proyecto de reparación moral que inició, una vez recuperada la democracia, al integrarse organismos de investigación, no judiciales, como la Comisión de Verdad y Reconciliación. El sitio es un espacio para el reencuentro con la verdad que crece y se proyecta en la promoción de una cultura de respeto a la vida y a la dignidad de las personas.

En más de 30 países, donde la violencia ha dejado luto y sufrimiento, se han creado comisiones de la verdad, porque las víctimas y los suyos tienen derecho a conocer lo ocurrido y a que se reconozca públicamente su dolor. Para trascenderlo.

Dicen que la verdad que hiere es mejor que la mentira que alegra. Que lo entienda el PRI.

adriana.neneka@gmail.com