Cambio y fuera

Guillermo Tovar de Teresa y "Pegaso"

Aprendió a leer antes de ir a la escuela, se independizó a los cinco años, devoró la biblioteca de su abuelo, recibió su primer premio a los siete y a los 12 se convirtió en asesor de la Presidencia en arte colonial, publicó el primero de sus 40 libros a los 19, silbaba completas las sonatas de Bach, recientemente en la Biblioteca Lerdo de Tejada deslumbró a todos cuando identificó los títulos de varios libros novohispanos por solo el peso de los volúmenes… Parecen leyendas de un niño prodigio, pero en el caso de Guillermo Tovar de Teresa se trata de hechos reales.

Y hay mucho más, porque El niño Tovar, como le decían eruditos y sabios a quienes sorprendió con su precocidad intelectual y su memoria privilegiada desde muy joven, nunca dejó de asombrarnos, ni para irse como lo hizo, en la plenitud de su vida, a los 57 años. “Murió sin despedidas, en la lucha, como mueren los héroes, como mueren los niños”, comentó Humberto Martínez Rentería.

Apenas el pasado 10 de septiembre lo vimos vital y simpático (que lo era, y mucho) en Casa Lamm, durante la presentación del libro Guillermo Tovar de Teresa: bosquejo bibliográfico, una joyita escrita por Xavier Guzmán Urbiola, editada por DGE/Equilibrista, donde habitan las ideas y la pasión por los libros del Cronista de la Ciudad, el historiador autodidacto, el riguroso investigador que hizo de la libertad intelectual un valor supremo. 

Entrevistar al autor de La ciudad de los palacios: crónica de un patrimonio perdido era un lujo, caminar en el Centro Histórico con él, un privilegio. Sus llamadas telefónicas sacudían: “Tienes que investigar esto, se robaron dos piezas de marfil y siete vitelas de Luis Lagarto en la catedral de Puebla...”. Desde múltiples asociaciones ciudadanas para la preservación del patrimonio cultural, Tovar fue un cronista siempre alerta y valiente para denunciar a los responsables en la muy larga historia de atentados al acervo que nos identifica. Un día nos dijo: “La identidad no es el común, sino el distingo. Lo que nos hace idénticos es ser distintos”.

Hace dos meses descubrió Facebook y no tardó en convertirlo en extensión de la memoria y el espíritu crítico. Junto con la restauradora Lucía Ruanova, lideró el grupo El Caballito, Conservación, que denunció y logró detener la desastrosa “restauración” de la pieza de Manuel Tolsá. Pero además, hizo de esta red social un espacio propositivo, para la generación de conocimiento, conciencia y puesta en valor del arte. Ahí publicó documentos únicos, fotografías insólitas, testimonios de su vida y hasta música, como la sonata K.448 para dos pianos de Mozart, que compartió cuatro días antes de partir. También polemizó y escribió un último mensaje el sábado pasado: “Esta discusión ha tenido como cuestión de fondo, el descuido oficial hacia nuestro patrimonio”.

Como escribió Carmen Boullosa, Guillermo “no era un ‘erudito’. Era un sabio genial, tenía conocimientos, reflexión, imaginación, rebeldía y pizca de locura”.

Con todo eso se fue El niño Tovar, montado en un Pegaso, con miles de bibliotecas en la cabeza,   silbando a Mozart.

adriana.neneka@gmail.com