Cambio y fuera

Gente así, como Leñero

Lo seguí con avidez y admiración. Atesoré su respeto por el trabajo reporteril. Hoy atesoro momentos.

Me lo encontré desconsolado en el vestíbulo de Bellas Artes durante el homenaje a Vicente Leñero. José Antonio Fernández, El Copy, me dijo en medio del abrazo: “Son nuestros maestros, nos marcaron desde que estábamos en la universidad…”.

En 1977, cuando ingresé a la Ibero, aquella legión encabezada por Julio Scherer ya era para los estudiantes de Comunicación una referencia heroica, pero leer Los periodistas en 1978 fue tan definitivo en nuestra formación como Truman Capote, Tom Wolfe o Graham Greene, en quienes descubríamos los alcances del oficio en sus mejores plumas. Un año después, en 1979, entré al unomásuno de Manuel Becerra-Acosta y muchos de los personajes que me había revelado la novela testimonial de Leñero estaban ahí, en carne y hueso, ahora eran mis maestros y eso era un privilegio.

Seguí a Leñero, con avidez y admiración, en las páginas de Proceso (con piezas inolvidables como su entrevista a Marcos); en el teatro con obras como La mudanza o El martirio de Morelos, en las pantallas de cine con sus guiones y, desde luego, en libros suyos como El evangelio de Lucas Gavilán, Vivir del teatro, Asesinato y, más recientemente, Gente así, entre mis predilectos.

Siempre atesoré su respeto por el trabajo reporteril. Hoy atesoro momentos: una tarde comentamos Memoria demis putas tristes y celebramos, con más entusiasmo, la obra de Kawabata en la que se inspiró García Márquez. Un café en la Sogem cuando, con asombrosa generosidad, aceptó aconsejarme acerca de un proyecto. O aquel encuentro a la salida de un cine. Leía yo, precisamente esos días, Sentimiento de culpa. Relatos de laimaginación y de la realidad y le solté, intrigada: “Dime, por favor, ¿de verdad le disparó luego de perder la partida de ajedrez?”. Se rió.

Leñero es grande por su talento, por su libertad, su congruencia y su estatura moral. En su discurso al recibir el Premio Nacional de Literatura en 2002, decía: “La cultura pertenece al lenguaje de la identidad, a la gramática de la exaltación de la vida. Es tan básica y tan alimenticia como nuestra tortilla y nuestros frijoles, tan indispensable como el agua y la vivienda, tan gratificante como el amor (…) como puntalanza, como sustento, como contrapunto para una sociedad empeñada en regirse por exclusivas exigencias económicas”.

Resulta casi inimaginable, advertía frente a Fox, descubrir a un secretario de Estado, o a un gobernador, o a un líder parlamentario, gozoso en la butaca de un teatro, en una sala de conciertos o de cine, absorto en la lectura de una novela o ensimismado en una galería de arte… “Y si quienes nos dirigen desconsideran para sus propias vidas la valoración íntima de las manifestaciones culturales, resulta lógico entender que no hagan lo suficiente para promover el ejercicio y la apreciación de lo que exalta la vida (…) Habría que recordar entonces, una vez más, que la mayor riqueza de México está en su cultura. La que se hizo, la que se hace hoy, la que está por hacerse”. Y concluía: “Habría que encontrar el modo de convertir la cultura en necesidad”.

En lo personal, todavía creo que hay maestros ejemplares, gente así, como Leñero.

adriana.neneka@gmail.com