Cambio y fuera

Francisco

Esperábamos un pronunciamiento del papa Francisco acerca de tantos temas. Palabras de consuelo a los padres de los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa, porque lo sucedido en Iguala es símbolo de la complicidad entre el crimen organizado y el poder político que tanto daño ha hecho en todo el país. Una condena enérgica contra la pederastia clerical y los abusos sexuales encubiertos por la Iglesia. Una mención a feminicidios, a los que finalmente hizo referencia en su última homilía, cuando habló de las mujeres "a quienes han arrebatado injustamente la vida".

Poco antes de la llegada del papa, la masacre en la cárcel de Topo Chico se sumó a tantas otras matanzas con violencia extrema que no empezamos a entender cuando una más nos alcanza. Quizá por eso su visita provocó tantas expectativas, porque ante la indolencia del Estado, millones están urgidos de consuelo y esperanza y él es un papa que ha condenado procesos perversos que atentan contra la dignidad humana. Esperamos gestos heroicos de alguien cuyo estilo de vida es tan distinto al de sus antecesores, que optó por la humildad y la congruencia y escribió una encíclica como Laudato sí, que exige pedir perdón a los indígenas despojados, que concibe a los jóvenes como el futuro... pero él no señala, sino exhorta. Y, sobre todo ayer en el Cereso de Ciudad Juárez, no dio cátedra con el dedo en alto, sino que habló "desde la experiencia de mis propias heridas, errores, pecados..." y se pregunta "¿por qué ellos y yo no?".

Desde ahí, Francisco cuestionó el sistema penitenciario como un engaño social que cree que la seguridad y el orden solo se logran encarcelando. Lo dijo en México, donde se criminaliza la pobreza, donde 40 por ciento de los 250 mil internos espera sentencia y 60 por ciento está preso por delitos menores; donde el gobierno suele presumir "logros" basados en el número de detenciones. El proceso de reinserción social, dijo, comienza con la inclusión: "En la capacidad que tenga la sociedad de incluir a pobres, enfermos y presos está la posibilidad de sanar heridas". Propuso a los internos "perdonar a la sociedad que no supo ayudarles y tantas veces los empujo a los errores". Aquél que viene del infierno, les dijo, "puede volverse profeta".

Ante personajes así, dice el filósofo Augusto Cavadi en su libro Ser profetas hoy, es inevitable experimentar admiración, e incluso vislumbrar la esperanza de que algo nuevo, por fin, va a hacerse realidad en la historia. Sin embargo, "ninguna admiración puede librarnos del esfuerzo de la vigilancia y de la valoración crítica, es decir, del discernimiento". Y eso es lo que toca.


adriana.neneka@gmail.com