Cambio y fuera

Filantropía

Hay un espíritu solidario que se vuelca para ayudar a los damnificados a la hora de las tragedias. Las toneladas de ayuda para las decenas de miles de afectados por los huracanes recientes que ha reportado la Cruz Roja Mexicana muestran una de las mejores caras de la sociedad civil en momentos de emergencia.

Pero también hay urgencias permanentes que no se ven, que habitan silenciosas en la realidad de nuestro país, que no son atendidas por el Estado y que cuentan con acciones solidarias que permanecen en el tiempo y que, en la mayoría de los casos, son anónimas.

Recientemente acudí a la entrega de Premios Compartir, que se realiza una vez al año para reconocer la labor de instituciones, personas y organizaciones de la sociedad civil que hacen trabajos ejemplares en diversos campos. Como algunos de los premiados: el Centro Educativo Domus, asociación especializada en el trastorno del espectro autista que desarrolla programas para la atención integral de quienes lo padecen y sus familias, así como su inserción en escuelas regulares, públicas y privadas. O Servicios a la Juventud AC, que trabaja con jóvenes en exclusión mediante proyectos educativos, de empleo e integración comunitaria.

Escuché a Manuel Arango, presidente de la Fundación Compartir, cuando dijo: “Nadie puede dudar que la convivencia pacífica en una sociedad civilizada requiere de buen gobierno, es decir, un gobierno democrático, transparente y con estricto apego a la legalidad. Un gobierno que libere e incentive el talento, el trabajo, la creatividad humana llevando igualdad de oportunidad y servicios a los rincones más apartados. Un gobierno que vea la filantropía como la gran fuerza ciudadana y poderoso motor solidario que complemente las tareas que el gobierno no logra hacer y que el mercado no puede o no quiere atender. Engrandecer y facilitar la cultura de servicio voluntario desde temprana edad es crear una cultura en la que se forman buenos ciudadanos. Ciudadanos comprometidos, organizados e informados que conviven, analizan y afrontan problemas sociales con eficiencia y continuidad, alejados de intereses partidistas o mercantiles”.

Enfatizó: “Autoridades del gobierno, señores legisladores, no castiguemos con la reforma fiscal a quienes desde lo privado trabajan para el bien público”.

Ignoro si Hacienda lo escuchó. O si quienes elaboraron la reforma hacendaria tomaron en cuenta que, al reducir drásticamente las deducciones personales, ponen en riesgo a miles de organizaciones de la sociedad civil que viven de donativos.

Conozco proyectos serios que van desde la educación en la pobreza, el respaldo a la mujer indígena y el cobijo a los niños de la calle hasta los que impulsan la conservación de la naturaleza. Los hay en atención a menores con cáncer sin recursos, aquellos que promueven la inclusión social de personas con discapacidad y otros dedicados a la animación a la lectura. Asociaciones de apoyo a menores maltratados, a víctimas de trata de personas y abuso sexual y proyectos que han convertido a presos en actores de teatro y a ciegos en fotógrafos…

Y aportan mucho más que impuestos.