Cambio y fuera

Fernando González Gortázar, a contracorriente

En pleno Mundial de futbol resulta una osadía presentar un libro de arquitectura y el catálogo de su exposición Resumen del fuego un sábado al mediodía. Tenía que ser González Gortázar.

En pleno Mundial de futbol resulta una osadía presentar un libro de arquitectura y el catálogo de su exposición Resumen del fuego un sábado al mediodía, llenar una sala del Museo de Arte Moderno para reflexionar sobre las ciudades y su vínculo con la naturaleza, la ética y la estética, cuando las miradas del mundo se concentran en Brasil; conmover hasta las lágrimas a un filósofo mientras afuera la euforia colectiva depende de un gol… Tenía que ser Fernando González Gortázar, siempre a contracorriente.

Un arquitecto y escultor que se atreve a convertir el paso por un puente peatonal en paseo o a diseñar una fuente en un cementerio que proyecta un “noctunario” dentro de un zoológico para ver animales en la oscuridad, que inventa un “Laberinto de la libertad” para perder el tiempo, que da cátedra sin proyectar fotografías para que sus oyentes imaginen que en 1970 mostró en Bellas Artes sus Fracasos monumentales, aquellos proyectos que nunca se realizaron… Así es FGG, quien, como dice el curador Daniel Garza Usabiaga, será visto en el futuro como un loco o como un visionario cuya intención era rescatar la empobrecida sensibilidad de las sociedades de fines del siglo XX y principios del XXI.

Sus ideas, dice Federico Álvarez, “son un manifiesto para todas las disciplinas humanas”. Y tiene razón. Su nuevo libro Arquitectura, pensamiento y creación es una  disertación tan apasionada como erudita sobre el arte de habitar el mundo que trastoca el paradigma del progreso y propone que “el único parámetro para saber si avanzamos o retrocedemos, si progresamos o no, es la felicidad”, quizá “la más espléndida de las utopías”.

Desde esta perspectiva “tenemos que concebir el trabajo, el arte, la arquitectura, la ciudad y el urbanismo como una promesa de felicidad”. Y la arquitectura, concebida como segunda piel y burbuja dentro de la cual transcurre nuestra vida, nos atañe a todos.

Algo bueno debe ocurrir en el alma cuando se entra a un edificio o se recorre una ciudad, escribe FGG. Sus propuestas abren la puerta a una realidad posible donde la imaginación, el sueño, el ocio y la inspiración se revaloran. La relación del ciudadano con la ciudad se erotiza. El peatón, y no el automóvil, es una prioridad. Las áreas verdes y las fuentes, las  aceras y las plazas le ganan la batalla a la especulación y el paisaje a la publicidad. La “inutilidad” resulta una grandeza porque pregona otros valores por encima de la función inmediatista y que atañen al espíritu y a la sensibilidad. Vemos árboles y nubes y no cables sobre nuestras cabezas, los desfiles no son militares, sino coreográficos, rescatamos la dicha de la vida nocturna y la búsqueda de una mejor ciudad es inseparable de una sociedad más justa donde no existe la indiferencia ante el sufrimiento y la humillación de los demás; se emprende una reforestación inteligente y una convivencia armónica con la fauna, porque se entiende a la naturaleza como gran maestra de la vida, el arte y la cultura. Y nadie se rinde en la batalla, a toda costa, contra la incultura.

La lucidez, osada y a contracorriente.

adriana.neneka@gmail.com