Cambio y fuera

Fausto cuenta su historia / I

Tenía siete años cuando sus padres decidieron mudarse a Culiacán. En la terminal de autobuses un hombre ofreció quedarse con el niño bajo la promesa de enviarlo a la escuela. A los 14 años se lanzó en busca de su hermana que ya estaba en San Diego.

"Yo soy Fausto Sánchez, quien era Gabino…”. Así comienza el correo, enviado desde un iPhone, que me tomó por sorpresa en mi buzón electrónico el domingo por la tarde. No podía creerlo. El niño que llamaron Sabino, Gabino y José hasta que a los 14 años descubrió su verdadero nombre, el migrante mixteco cuyo caso tomé de un libro de antropología para contarlo aquí el jueves pasado, el que viajaba de acá para allá en busca de un mejor futuro se comunicó, 30 años después de partir, desde Arvin, California, para decirme: “Si tiene alguna pregunta, con gusto le puedo ayudar”.

Contesté inmediatamente. Hablamos por teléfono el lunes y le pedí que me contara su historia y cómo vive, hoy, su identidad. Aquel niño indígena oaxaqueño que soñaba con hacer de su vida “algo diferente a los demás” se aventuró a Estados Unidos, pero lejos de olvidar sus orígenes hizo de su lengua materna y de sus raíces culturales su fortaleza.

Resumo: tenía siete años cuando sus padres, campesinos, decidieron mudarse de Oaxaca a Culiacán. Antes de irse, en la terminal de autobuses un hombre les ofreció quedarse con el niño bajo la promesa de enviarlo a la escuela si él, a cambio, hacía los mandados. Y el pequeño, que deseaba aprender a leer, escribir y hablar español, porque en su familia solo hablaban mixteco, se quedó, pero el maltrato y la mala alimentación que recibió en esa casa lo llevaron a mudarse al centro de Juxtlahuaca con otras personas, hasta que a los 14 años se lanzó en busca de su hermana que ya estaba en San Diego.

Y comenzó todo un periplo de trabajo: Tijuana, San Diego, San Quintín, Culiacán… y cada año, durante dos o tres meses, el sur de EU durante la cosecha de la uva y la naranja. También vivió en Chandler, Arizona, bajo los árboles, con un grupo guatemalteco, hasta que lo agarró la migra y lo regresó… Así iba y venía.

Por fin, con la Amnistía del 86 y el 87, él y su esposa Alberta, oaxaqueña también, arreglaron sus papeles en EU. Él solo quería cumplir su sueño y estudiar, así que se inscribió en la escuela de inglés para adultos en 1998, terminó en tres años y, de 2001 a 2011, estudió hasta graduarse en servicios humanos, con lo que ya puede ingresar a la universidad.

Hoy, Fausto Sánchez tiene 44 años, habla español, inglés y mixteco. Se certificó en la Universidad de Monterrey, CA como intérprete; fue presidente de la Mesa Directiva del Centro Binacional para el Desarrollo Indígena Oaxaqueño y, desde 1999, trabaja en el Programa Indígena de la agencia California Rural Legal Assistance (CRLA). Es intérprete de indígenas mixtecos y brinda asesoría legal a migrantes que no pueden pagar un abogado o no entienden el idioma. Aboga por ellos: desde su derecho a un sueldo mínimo hasta el derecho al agua, a un baño limpio, al descanso o “a la sombra”. Lucha por la presencia de intérpretes en cortes, escuelas, clínicas y hospitales.

El siguiente paso es ir a la universidad. Pero hoy su prioridad es apoyar a sus hijos: César estudia medicina; Álex, ingeniería aeronáutica y Daniel va para maestro de inglés.

Él es Fausto. Y también habla de los niños migrantes.

adriana.neneka@gmail.com