Cambio y fuera

Exclusión transnacional, los sin nombre

Mientras México y Centroamérica buscan medidas bajo la presión de la crisis, en EU la prioridad es deportarlos pronto. El Congreso bloquea la reforma migratoria, pero no el flujo de armas que surte a las bandas criminales de las que huyen los menores.

Cuando vivía en Oaxaca sus padres y hermanos lo llamaban Sabino y con ese nombre lo registraron en la escuela en el barrio de Santo Domingo en Juxtlahuaca. Después de un año, cuando empezaba a entender el español, comprendió que los otros niños se burlaban de él porque decían que ese nombre era de un árbol y no de una persona… Y entonces empezó el dolor de cabeza.

El niño se fue a vivir al centro de Juxtlahuaca con otras personas y dijo que se llamaba Gabino y con ese nombre lo conocieron en Culiacán, Sinaloa, y también en Baja California, desde donde partió con su hermano al “norte”. Cruzaron por Tijuana y para su mala suerte se toparon con unos cholos y al huir cada quien por su lado se perdieron y el niño cruzó solo con otros compañeros que no conocía. Nunca le preguntaron su nombre, solo comenzaron a decirle José y así se llamó el mes que estuvo en Escondido, California, hasta que regresó a Baja California y mandó pedir su acta de nacimiento a Oaxaca. Dijo que era Gabino, pero le mandaron decir que no había nadie registrado con ese nombre, que la fecha de nacimiento y los nombres de los papás coincidían, pero el nombre que estaba registrado era Fausto.

Entonces le preguntó a su papá cuál era su verdadero nombre y le contestó que el que sabía era su padrino, así que le mandó una carta a su padrino para que le hiciera favor de ir a sacar el acta. En el Registro Civil la encontraron. Y comprobó que no se llamaba Sabino ni Gabino ni José, sino Fausto.

“Eso es lo que pasa en muchas ocasiones en nuestra comunidad oaxaqueña (…) Por eso a veces tenemos muchos problemas a la hora de saber quiénes somos”.

Es la historia de Fausto Sánchez que recogen Daniela Oliver Ruvalcaba y Cristian Torres Robles en su libro Excluidos y ciudadanos (UAM Iztalapapa, 2012). Los antropólogos realizaron una investigación en diversas localidades de México y Estados Unidos y encontraron que los migrantes están insertos en un doble sistema de exclusión, el de México primero y el de Estados Unidos después.

Al proceso le llaman “exclusión transnacional” que puede ser el apellido de “emergencia humanitaria”, como se nombra a la situación que viven 52 mil niños centroamericanos y mexicanos detenidos en el sur de EU y donde uno de cada seis tiene 12 años de edad o menos. Mientras México y Centroamérica buscan medidas bajo la presión de la crisis, en EU la prioridad es deportarlos pronto. El Congreso bloquea la reforma migratoria, pero no el flujo de armas que surte a las bandas criminales de las que huyen los menores. Según una encuesta de ACNUR, con 400 niños detenidos, 58 por ciento salió de su país por miedo a la violencia.

Leo acerca de la “ciudadanía transnacional” y del “empoderamiento” de los migrantes con sus comunidades cuando veo la foto, en El País de ayer, de un grupo en las calles de Los Ángeles que protesta contra las deportaciones. Al frente, una fila de pequeños porta una manta donde se lee #KidsHelpingKids, “Bienvenidos, niños refugiados”. Y por primera vez pienso que no están tan solos. Porque alguien los incluye, aunque no sepan su nombre.

adriana.neneka@gmail.com