Cambio y fuera

Don Julio Scherer

Entrego este texto antes de que me dejen de temblar las manos. Solo así puedo decirle a don Julio, con el corazón en la mano y sin que él ya pueda impedirlo: “Gracias”.

Me lo presentó Armando Ponce en una comida de aniversario en el patio de Proceso. Se levantó, me besó la mano y soltó: “Tengo un proyecto para usted”. Me temblaron las rodillas, como ahora me tiemblan las manos esta fría mañana de enero que tuvo el atrevimiento de cerrarle los ojos a don Julio Scherer, cuya mirada fue un relámpago en la historia del periodismo en México.

Don Julio había sido expulsado de Excélsior por el presidente Luis Echeverría cuando el periódico, bajo su dirección, alcanzaba renombre internacional. Poco después fundaba Proceso e inauguraba una nueva manera de mirar la realidad, y de contarla, desde un periodismo independiente y crítico cuya herencia es inconmensurable.

Desde las aulas universitarias y las salas de redacción de unomásuno y La Jornada, donde trabajé, las entrevistas, reportajes y libros de Scherer representaban para los reporteros una cátedra viva de periodismo, de integridad, de atrevimiento y de pasión. Luego, su revista me abrió las puertas para colaborar en la sección cultural y así lo hacía cuando llegó aquella tarde y me temblaron las piernas. Días después me citó a desayunar en el Konditori de Insurgentes, que ha de guardar en sus muros, como yo en la memoria, tantas conversaciones, cafés y pan dulce que yo apenas saboreaba mientras alzaba las antenas para dialogar con una de las inteligencias más potentes que he conocido.

Esa mañana me entregó 465 cartas inéditas originales de José Clemente Orozco a Refugio Castillo, una niña de 12 años que despertó una pasión insólita en el pintor. Durante el tiempo que me llevó la elaboración del libro, don Julio me acompañó con entusiasmo desbordado, complicidad estimulante y curiosidad inagotable; con la atención de un maestro tan exigente como amoroso. A medio camino se abrió un paréntesis de dos años, habitado por el silencio, a raíz de mi ingreso en MILENIO. Entonces conocí la fuerza de su carácter y la franqueza de su corazón. Fue implacable, hasta que terminé el trabajo y le entregué el manuscrito en las manos, no sin temor a que me lo devolviera. Tres horas después me llamó por teléfono, su voz llena de energía: “¡Señora!...”, ya llevaba leído medio libro, proponía un título, una editorial para publicarlo…Y volvieron a temblarme las rodillas.

Reanudamos los desayunos y llegaba manejando su Jetta azul, puntualísimo siempre, después de nadar en un club. Hablamos de Orozco y Siqueiros y de Marai y Dostoievski… del amor a sus hijos, a Susana, y a su amigo Vicente Leñero… intercambiamos libros… él escuchaba con tal atención que era imposible desconcentrarse o hablar a la ligera, si disentía lo expresaba en el instante, nunca complaciente, sí muy caballeroso. Un día traía sus dedos lastimados, terminaba de escribir La terca memoria y la huella eran tan física como emocional. No lo olvido, divertido y vital, en casa de Olga Pellicer, cuando comentó que, periodísticamente, le parecían más interesantes “los malos”.

Entrego este texto antes de que me dejen de temblar las manos. Solo así puedo decirle a don Julio, con el corazón en la mano y sin que él ya pueda impedirlo: “Gracias”.

adriana.neneka@gmail.com