Cambio y fuera

Después de la indignación

Tomar la calle como los estudiantes para expresar pacíficamente su indignación y exigir “vivos se los llevaron, vivos los queremos”, es hacer ciudadanía. Pero, ¿y después?

"Bueno, de lo mío está bien", nos dijo el médico al regresar de vacaciones y encontrarse a mi padre en estado de gravedad extrema. Luego de revisar la sutura de la cirugía en su abdomen, respiró aliviado porque “de lo mío está bien” a pesar de la fiebre, los dolores, el miedo y la necesidad de una explicación. “¿Lo suyo es un órgano, un pedazo del cuerpo o la persona?”, pregunté.

Lo recordé estos días por la reacción del gobierno y de los partidos políticos frente a la desaparición de 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa, donde poco parecen importar la dignidad, el dolor de los padres, la integridad de las personas, la urgencia de respuestas, el derecho a saber. Lo que interesa es la imagen, si el crimen ocurrió en tal o cual parcela del poder, si la responsabilidad es de tal o cual partido, si éste o aquél conocían a ese otro… Como si Guerrero no formara parte de un todo, de un país cuyas heridas nos lastiman y dañan a todos.

A la violación masiva de derechos humanos: San Fernando, Villas de Salvárcar, casino Royale… Tlatlaya y ahora Iguala, la sociedad mexicana suma a su pesadilla de indefensión historias aparentemente aisladas que se pierden en el silencio. Solo este mes: Atilano Román, líder comunero y locutor de radio, fue asesinado a tiros mientras conducía en vivo su programa Así es mi tierra en Mazatlán, Sinaloa, el 11 de octubre. Un día antes había desaparecido Jesús Antonio Gamboa Urías, director de la revista Nueva Prensa, cuyos restos se encontraron, con heridas de bala, el día 22 en el municipio de Ahome, Sinaloa. El día 16 se publicaron, en su propia cuenta de Twitter, las fotos de la doctora María del Rosario Fuentes sin vida, autora del blog Valor por Tamaulipas, secuestrada la noche del 15 en Reynosa. La semana pasada, Ricardo de Jesús Esparza, un estudiante de Guadalajara que acudió al Cervantino, apareció muerto en una calle de Guanajuato sin que hasta ahora se aclare qué le sucedió. Ante la violencia extrema, las llamadas telefónicas con fines de extorsión (en un mes he recibido tres, en las que un joven simula ser mi hijo secuestrado) parecen menores, no lo son y ya nadie debería colgar y volver a dormir como si nada. Ya no.

El caso Ayotzinapa detonó ya un clamor colectivo de paz y justicia no exento de rabia acumulada. Porque puso en evidencia la complicidad entre autoridades, policías y delincuencia. Y cuando ya no podemos distinguirlos, el lazo entre sociedad y clase política se rompe. La gente ya no se siente representada. Tomar la calle como los estudiantes para expresar pacíficamente su indignación y exigir “vivos se los llevaron, vivos los queremos”, es hacer ciudadanía. Pero, ¿y después?

Lo urgente, dice el filósofo Alejandro Llano (en Civilidad, de María del Carmen Echeverría, 2014), es recuperar a la persona-ciudadano como actor principal de la vida política; reconocer el lugar que le pertenece en la conformación del Estado y rescatar el espacio público para que se involucre libre y responsablemente sin ceder su sitio a otros poderes que lo desplazan. En palabras de Roger Von Gunten: “Somos más que los bárbaros”.

adriana.neneka@gmail.com