Cambio y fuera

Barenboim en Buenos Aires

Un chico israelí toca el oboe junto a un joven palestino al clarinete. Esa noche, Barenboim los mirará mientras dirige "Tristán e Isolda" en el teatro Colón.

Es una mañana invernal en Argentina, pero las palabras del taxista que nos lleva a Puente Alsina, al sur de Buenos Aires, hierven de emoción: “¡Van a escuchar a Daniel Barenboim y su orquesta!, es un maestro. La otra noche tocó a dos manos con Martha Argerich en el teatro Colón y aquello fue apoteósico, un par de monstruos al piano…”. Cuando descendemos del auto, vemos al músico que baja del suyo, en medio de una ovación, listo para dirigir un concierto gratuito al aire libre frente a más de ocho mil personas.

En el escenario lo esperan los 110 integrantes de la West-Eastern Divan, la orquesta que, junto con el intelectual palestino Edward Said, fundó en 1999 con músicos israelíes y árabes para demostrar que es posible la coexistencia entre diversas culturas. Y la llamaron así en referencia a una colección de poemas de Goethe, que decidió aprender árabe a los 60 años.

Mientras Gaza se desangra con dos mil muertos, en Buenos Aires escuchamos el diálogo entre los instrumentos de viento y los metales, las percusiones y las cuerdas… que interpretan a Ravel dirigidos por este músico argentino-israelí, que vive en Berlín, habla siete idiomas y concibe al Divan como un puente para despertar la curiosidad del Otro. “Porque en este maldito conflicto hay muchos hechos asimétricos, empezando por el hecho de que Israel está ocupando Palestina. El Divan no va a traer la paz, lo único que puede demostrar es que las condiciones del Divan son las mínimas para la paz: la igualdad”, dirá dos días después en un debate público.

En Puente Alsina sucede: músicos palestinos e israelíes tocan La rapsodia española, Alborada del gracioso, Pavana para una infanta difunta, Bolero... y ofrecen una celebración de la música, forma artística que, escribió Edward Said, “trasciende las fronteras de un país, de una nacionalidad y de un idioma”, porque “no hace falta saber alemán para apreciar a Mozart, como tampoco ser francés para leer una partitura de Berlioz”.

En una gran pantalla podemos apreciar detalles como la imagen de un chico israelí que toca el oboe junto a un joven palestino al clarinete. Esa misma noche, Barenboim los mirará de nuevo mientras dirige Tristán e Isolda en el teatro Colón, cuando en el segundo acto los dos instrumentos tienen una parte principal. Y luego dirá públicamente: “Por un segundo fui consciente del hecho de que solo en este lugar, en esta orquesta, es donde un israelí tiene algo importante que hacer y una colectividad llena de árabes le deseó lo mejor y le está ayudando. Y lo mismo ocurrió después, cuando el palestino y los israelíes se esmeraban en darle el apoyo armónico (…) Creo que lo que hace de esta orquesta lo que es que hay una igualdad no solo de derechos sino de responsabilidades”.

Tres días antes, el 7 de agosto, Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, abrazaba por primera vez a su nieto Ignacio Guido, también músico, luego de buscarlo 36 años. Y juntos asistieron al teatro Colón, donde Barenboim los recibió como “ejemplo de humanidad y esperanza”.

Como su orquesta, donde también ocurre lo inimaginable.

adriana.neneka@gmail.com