Cambio y fuera

Adiós al archivo de García Márquez

Despedirse de este repertorio nos desafía: ¿seremos capaces algún día de crear las condiciones para que esos legados permanezcan en México?

El archivo de Gabriel García Márquez emprende su camino a la Universidad de Texas, en Austin, que lo adquirió de la familia del autor a un precio confidencial. ¿Cuánto valen los manuscritos originales de Cien años de soledad, El amor en los tiempos del cólera… la copia mecanografiada de Crónica de una muerte anunciada, los borradores de su discurso al aceptar el Nobel de Literatura o 2 mil cartas, incluidas las de Fuentes, Grass, Kundera, Greene y Cortázar? ¿Cuánto los 40 álbumes fotográficos o las máquinas de escribir y computadoras que conservan la huella de un escritor genial?  No se trata del precio, sino del valor.

La venta de los archivos literarios de GGM al Harry Ransom Center causó conmoción en el Ministerio de Cultura colombiano, que deseaba conservarlos en la Biblioteca Nacional de su país. Por su parte, la familia del escritor les donó la máquina de escribir en la que tecleó Cien años de soledad, la medalla y el diploma del Premio Nobel, así como parte de su biblioteca personal. “También habrá otras cosas que queremos dejar en México, ya que fue la casa de Gabo durante 50 años”, dicen Mercedes, su viuda, y Gonzalo y Rodrigo, sus hijos, en un comunicado donde aseguran que el archivo ni se subastó, ni se buscó al mejor postor, sino que optaron por la universidad donde mejor se preservan este tipo de documentos, ahí donde se guardan materiales de Borges, Joyce, Faulkner, Beckett, Hemingway, Doris Lessing, Steinbeck y muchos más.

Tan respetable es la decisión de la familia, como triste que México no ofrezca casa a legados literarios y artísticos de tanto valor. En solo cinco años: la biblioteca y el archivo de Augusto Monterroso emigraron a la Universidad de Oviedo, la colección Gelman se esfumó de México, la de Andrés Blaisten se desmontó de Tlatelolco y la de Lorenzo Zambrano se remató, esta semana, en la casa Sotheby’s de Nueva York. Antes, los archivos de Luis Barragán y de Armando Salas Portugal se fueron a Suiza, Carlos Fuentes vendió el suyo a la Universidad de Princeton y hoy, el de Salvador Elizondo busca un nuevo destino.

Los archivos son memoria, fuente de conocimiento, eco del espíritu de sus creadores, registros de nuestra historia cultural. El silencio del Estado mexicano o el vacío de propuestas que estimulen, a nivel público y privado, la conservación de colecciones y archivos, como las exenciones fiscales o el aseguramiento, al menos, de una copia de manuscritos, es síntoma preocupante de indiferencia o resignación.

La batalla social contra la injustica, la corrupción y la barbarie que estalló con la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa es también una batalla por la revalorización de la vida, sobre todo la de los jóvenes. En ese proceso urge una revalorización de la cultura, de todo aquello que nos da sentido de pertenencia, brújula, memoria, alimento espiritual y herramientas creativas para construir nuevos horizontes de futuro.

Mientras tanto, el adiós al archivo de García Márquez nos desafía: ¿seremos capaces algún día de crear las condiciones para que esos legados permanezcan en México?

adriana.neneka@gmail.com