Argumentos a debate

20 años de integración norteamericana

Hace días, lamentablemente falleció uno de los impulsores más importantes de la integración norteamericana y, por ende, uno de los principales defensores del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. El profesor Robert Pastor, en una de sus obras fundamentales intitulada La Idea de Norteamérica planteó que en sus primeros años, el TLCAN triplicó el comercio y quintuplicó la inversión entre los tres miembros incrementando sustancialmente su participación en la economía mundial. Sin embargo, decía Pastor, luego del 2001 la otrora preponderante agenda de la integración económica pasó a un segundo plano. No obstante, profetizaba Pastor, los líderes de América del Norte terminarán obligados a pensar en grande y a recuperar un proyecto destinado a honrar el principio de interdependencia. Soluciones regionales para problemas como la infraestructura y la inmigración, decía, obtendrán la mayor prioridad en la agenda.

Aunque esto está lejos aún de haber sucedido, la conmemoración de los primeros veinte años del TLCAN parece un buen momento para reflexionar sobre el particular. Si bien en veinte años se transformó la economía del país, se crearon oportunidades de empleo para millones de personas, se multiplicaron exponencialmente las opciones disponibles para los consumidores y, en cierta medida, se unificó un mercado de bienes y servicios, no cabe duda que hace falta imprimir un nuevo dinamismo a esta agenda. El TLCAN, no cabe duda, fue extraordinariamente afectivo para fortalecer al sector exportador y promover la inversión. No lo fue tanto, sin embargo, para estimular el crecimiento económico y, como se decía hace veinte años, desalentar la inmigración. Frente a la creciente competencia de otras economías emergentes y especialmente ante una nueva oleada de acuerdos comerciales de carácter regional y global, el 20 aniversario debiera servir para recordarnos que esta audaz iniciativa de modernización está aún incompleta. El reto de construir una sociedad más moderna, desarrollada y equitativa supone atender también a los perdedores, a los sectores menos favorecidos por las políticas de apertura y a aquellos rubros que ni siquiera fueron incluidos. Incorporar los temas que quedaron fuera de la mesa de negociaciones de 1994 se antoja como una tarea impostergable: energía, migración, seguridad, educación, salud, entre muchos otros. De ahí la importancia que reviste la próxima Cumbre de Líderes de América del Norte a celebrarse en Toluca el próximo 19 de febrero. Después de un largo impasse determinado por una coyuntura internacional desfavorable, hay que cambiar la narrativa y profundizar en el análisis de un nuevo modelo que, por ejemplo, nos permita competir en mejores condiciones una vez que las nuevas zonas de libre comercio queden constituidas bajo el amparo del Tratado entre la Unión Europea y Estados Unidos, así como del Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP). Ojalá la agenda de este encuentro contemple estos elementos y que nuestro país presente y promueva proyectos creativos y ambiciosos, si bien realistas a sus socios del norte. Para este propósito es clave también promover una Reunión Interparlamentaria Trilateral entre legisladores de los tres países.