Argumentos a debate

Estados Unidos y Cuba: el lugar de México en la ecuación

Indudablemente el reciente anuncio de un proceso de diálogo hacia la normalización de relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos, luego de un intercambio recíproco de presos de alto perfil político acusados de espionaje y actividades subversivas, constituye un evento histórico. En primer lugar, lo es en la medida en que intenta dejar atrás cinco décadas de profundo antagonismo entre ambos países mismo que, a su vez, permitió que hasta hoy perdure el último vestigio de la Guerra Fría en el Caribe. En segundo término, es histórico porque parte de negociaciones bilaterales facilitadas por Canadá y la Santa Sede y no por una iniciativa meramente unilateral. De hecho, el carácter bilateral del anuncio que casi de manera simultánea realizaron los Presidentes Obama y Castro da cuenta de su naturaleza histórica. En tercer lugar, resulta histórico que el planteamiento oficial y formal por parte del gobierno estadounidense sea de eliminación del embargo comercial estadounidense a Cuba y, al mismo tiempo, de reconocimiento al fracaso de su política frente a este país.

Lamentablemente el anuncio es también histórico por un cuarto elemento: la ausencia de México como país facilitador, mediador o al menos como oferente de buenos oficios para que estas rondas de negociación ocurrieran y fueran exitosas. Atrás quedaron innumerables ejemplos de una participación destacada de México en la superación de distintos episodios de conflicto entre ambos países. Incluso antes de la revolución cubana de 1959, México a través del embajador Gilberto Bosques, tuvo una participación destacada. Luego de la revolución, México implementó una política que buscaba aliviar tensiones entre Estados Unidos y Cuba y fungir como un mediador de facto ante innumerables desafíos presentados por el antagonismo entre dos países fronterizos y centrales para su política exterior. La crisis de los misiles de 1962 y la expulsión de Cuba de la Organización de Estados Americanos el mismo año pusieron en marcha una política que hasta entrado el siglo XXI se propuso mantener una presencia relevante en Cuba y desempeñar un papel fundamental en sus relaciones internacionales. México, por ejemplo, mantuvo siempre una firme posición de desacuerdo frente a la extraterritorialidad de las Leyes Helms-Burton y Torricelli que hicieron posible el embargo comercial, contra el que también se manifestó de manera consistente. Sin embargo, hoy México se quedó fuera de esta gran negociación que dejará profundos impactos en el sistema internacional, en la política latinoamericana y, sin duda, en la economía, la sociedad y la política en Cuba. Como lo dije en tribuna hace algunas semanas, de nada sirvió condonar un importante monto de deuda a Cuba ni abrir una nueva línea de crédito a su gobierno, establecer una oficina de ProMéxico en la Habana o firmar una serie de nuevos instrumentos internacionales. México pierde una oportunidad de oro para seguir siendo un protagonista de los cambios que indudablemente experimentará el vecino país caribeño así como para comenzar a plantear soluciones de fondo a problemas compartidos con ambos países.