Argumentos a debate

El Pontífice mediador

No cabe duda que la Santa Sede ha recuperado un liderazgo diplomático que en distintas épocas ha ejercido en el concierto internacional. En el contexto del restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos, la Santa Sede fue el mediador protagónico de este esfuerzo. En consecuencia, la semana pasada, ocurrió un acontecimiento histórico con una enorme carga simbólica. Me refiero a la visita que hiciera el presidente de Cuba, Raúl Castro, al Papa Francisco. El encuentro fue inédito no sólo porque desde la revolución cubana sólo una vez el Presidente cubano visitó el Vaticano -Fidel Castro en 1996- sino porque tuvo el cometido esencial de preparar la visita del Pontífice a Cuba. Francisco será, de hecho, el tercer pontífice que visite Cuba en 17 años después de Benedicto XVI en marzo de 2012 y Juan Pablo II en enero de 1998. Tras haber sido duramente combatida por el régimen cubano, la Iglesia Católica y su máxima jurisdicción episcopal, se han convertido en un interlocutor privilegiado para una nueva época de distensión en las relaciones entre Cuba y las democracias más importantes del mundo. "Yo me leo todos los discursos del Papa. Si continúa hablando así, les aseguro que volveré a rezar y regresaré a la Iglesia", dijo Raúl Castro luego de su encuentro de prácticamente una hora con Bergoglio. Además de declararse jesuita, Castro aseguró estar dispuesto a permitir e incluso a favorecer el libre acceso de la población a los actos religiosos que oficie el propio Pontífice. Esto representa claramente un punto de quiebre en las capacidades del Vaticano para transformar un estado de cosas que parecía inamovible en la Isla. Supone también un éxito extraordinario de la gestión diplomática y de resolución de conflictos del Papa Francisco. Hace alrededor de 17 años, el Papa, entonces arzobispo coadjutor de Buenos Aires, escribió un libro llamado "Diálogos entre Juan Pablo II y Fidel Castro". El libro recogía sus experiencias tras un viaje a Cuba en 1997 para presenciar la visita del Papa Wojtyla. Ahí hacía referencia a la necesidad de que la Iglesia católica invirtiera su estatura moral y sus recursos humanos, económicos y diplomáticos en la resolución de conflictos en favor de la libertad, la dignidad y la democracia.

El Papa Francisco ha tenido la oportunidad de llevar a la práctica este ideario y lo ha hecho admirablemente bien.