Argumentos a debate

Política exterior de oropel

En un periódico de circulación nacional, el gobierno federal presumió una política exterior que, en su opinión, ha "reposicionado" a México como actor global. Se hace referencia a los 180 encuentros que ha sostenido el Presidente Peña Nieto con otros mandatarios, sus 23 giras, su presencia en 12 foros multilaterales y a iniciativas concretas como el "relanzamiento" de las relaciones con Francia y el restablecimiento pleno de las relaciones con Cuba y Venezuela. En efecto, hay ciertos avances que no pueden desdeñarse. No obstante, los supuestos "logros" son insuficientes por tres razones: En primer lugar, porque buena parte de ellos tienen su origen en gestiones emprendidas por las administraciones previas y, en segundo lugar, porque sus acciones carecen de imaginación, creatividad y capacidad de propuesta en un contexto de acciones que se orientan por un diseño arbitrario y complaciente. En tercer lugar, porque la política exterior ha sido concebida como relaciones públicas al tenor de la burbuja mediática del Mexican Moment y omitiendo, de manera deliberada, los problemas de la realidad cotidiana que vive el país.

Sobre el primer punto vale la pena decir que las negociaciones para la Alianza del Pacífico, el Acuerdo Transpacífico de Asociación Económica (TPP), los trabajos para la formulación de los objetivos de desarrollo post-2015, para el Tratado sobre Comercio de Armas de las Naciones Unidas y para la conformación de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC) son méritos de administraciones pasadas. Sobre el segundo punto conviene tener presente que cualquier política exterior surge de un diagnóstico formado sobre los grandes problemas globales y la ubicación de México en el contexto internacional. No parece haberlo como tampoco una definición de prioridades. El otrora activismo mexicano en materia de defensa y promoción de los derechos humanos y la democracia ha abierto el paso a un cinismo realmente preocupante. En un brillante artículo en este diario, Carlos Puig nos recuerda que el Presidente ha pasado menos de 24 horas en Estados Unidos, el primer socio comercial, el país con el que mayores oportunidades y desafíos compartidos mantenemos actualmente, donde viven poco menos de 12 millones de mexicanos que resienten todos los días la ausencia de una reforma migratoria. Viajar no es hacer política exterior, enfatiza Puig. La política exterior tampoco son relaciones públicas. Esto nos lleva al tercer punto. La política exterior está orientada hacia dentro. A presumir las reformas estructurales, "el pacto por México", como si las reformas ya estuvieran siendo implementadas por el Ejecutivo y como si por su sola existencia los problemas del país hubieran desaparecido. Cada vez hay menos menciones al drama de la migración centroamericana en México, a las crisis de derechos humanos en América Latina, a la urgencia de que México participe en operaciones para el mantenimiento de la paz, a la inaplazable necesidad de fortalecer nuestra presencia en África y Medio Oriente. No hay contenidos, hay simulación.