Argumentos a debate

Nuevos paradigmas contra las drogas

Esta semana la Comisión de Estupefacientes de la Organización de las Naciones Unidas, con sede en Viena, Austria, se reunió con el objetivo de continuar la discusión sobre la cooperación internacional contra las drogas y el examen de la implementación del Plan de Acción que se estableció en marzo de 2009 y que contiene compromisos concretos –a cumplirse en 2019- en relación con la reducción de la producción, fabricación, comercialización, distribución, tráfico y consumo de drogas. Delegados de todos los países miembros estarán reunidos hasta el 21 de marzo discutiendo varios aspectos de este tema y estableciendo lo que será el primer borrador de la agenda para la reunión especial de la Asamblea General de la ONU que ha sido ya convocada para el 2016. No sólo por la encomiable participación de México –uno de los países que han venido impulsando la celebración de esta reunión especial de la Asamblea General en 2016- sino también por lo que parece la gradual conformación de un consenso entre delegados y autoridades de la Comisión, es claro que hay un cambio de paradigma de la mayor importancia. Lejos han quedado ya los tiempos en que el enfoque predominante priorizaba la criminalización y el aumento de medidas esencialmente represivas. Una de las conclusiones que hasta el momento se avizoran es que, de acuerdo con el Informe Ejecutivo presentado por el Director de la Oficina de las Naciones Unidas contra la droga y el delito, "a pesar de los progresos logrados en algunas esferas, la magnitud general de la demanda de drogas no ha cambiado sustancialmente a nivel mundial". Las implicaciones de ello en materia de salud pública y violencia, por mencionar solo dos aspectos centrales, han llegado ya a proporciones de escándalo en distintas regiones del mundo. El documento advierte que en los últimos años el tráfico de drogas ha desencadenado una oleada de violencia sin precedente especialmente en América Latina, Asia y África occidental.

En ese contexto, la discusión sobre nuevos paradigmas se antoja indispensable. Por un lado, el enfoque centrado en la salud pública no ha logrado avances significativos en el mundo y los regímenes nacionales de fiscalización de drogas se apoyan aún excesivamente en las sanciones antes que en la atención sanitaria y la prevención. Por el otro, el combate a las organizaciones criminales que se ocupan del trasiego de drogas parecen haber extraviado un objetivo, si bien subsidiario al de combatir la oferta, igualmente importante: reducir los niveles de violencia asociada al narcotráfico. En este contexto, destaca también el surgimiento de nuevos problemas que no se preveían en 2009. Ahí está, por ejemplo, el tema de la aparición de nuevas sustancias psicoactivas apareciendo en el mercado mundial a un ritmo sin precedentes. También destaca la vinculación cada vez mayor del narcotráfico con operaciones financieras de lavado de dinero. En suma, como lo advirtió México, es necesario que se evalúen nuevos enfoques y tratamientos para enfrentar este problema mundial que subrayen estrategias de prevención integral buscando no sólo la reducción del consumo sino también la prevención de daños para el tejido social. Esto supone privilegiar el tratamiento por encima de la criminalización y abordar el tema como parte de una discusión general sobre salud pública. No hacerlo seguirá costos altísimos para la salud, la estabilidad y el desarrollo sustentable.