Argumentos a debate

Moviendo a México hacia atrás

Mantener finanzas públicas sanas ha sido una prioridad para los gobiernos mexicanos desde mediados de los noventa. El consenso en torno a políticas que privilegiaran una importante disciplina en el gasto público no se construyó, sin embargo, de la noche a la mañana. Fue necesario aquilatar un cúmulo de experiencias negativas que en nuestra historia reciente dejaron su impacto en un crecimiento económico mediocre, una generación de empleos por debajo de lo indispensable y, en general, en crisis económicas prácticamente al término de cada administración presidencial. La sombra del populismo que victimizó a la economía mexicana por décadas vuelve a posarse sobre el futuro del país. Los diarios reportan que mientras la economía no ha crecido más del 2%, y el salario y la generación de empleos están estancados la deuda del Gobierno Federal alcanza máximos históricos y crece consistentemente día tras día. De acuerdo con una reciente investigación periodística, la deuda del Gobierno Federal aumentó 21.2% en lo que va de la presente administración alcanzando la friolera de 5 billones 143 mil 199 millones de pesos. Esto implica que prácticamente cada día se agregan mil 430 millones de pesos al saldo del endeudamiento.

En efecto, todo parece indicar que el crecimiento de la deuda obedece a su utilización como medida contracíclica para evitar una drástica caída en la economía. Más allá de si esos recursos se están utilizando correctamente o si existe una conexión transparente entre ingresos y egresos, la pregunta es si no estamos en presencia de las mismas recetas que nos llevaron a crisis recurrentes, caídas drásticas del Producto Interno Bruto, inflación a la alza, altas tasas de interés, desempleo, devaluaciones del peso y un largo etcétera. Como telón de fondo, hay que decirlo, estamos viviendo una importante crisis de los ingresos públicos por la dramática caída de los precios del petróleo, la fuente de alrededor de un tercio de lo que gasta el sector público, lo cual se traducirá en un importante boquete en las finanzas públicas de aproximadamente 91 mil 500 millones de pesos.

No hace mucho la narrativa del gobierno federal giraba en torno a una reforma fiscal integral que redujera considerablemente la dependencia petrolera del gasto público. Lejos de contribuir a este objetivo, la injusta, regresiva y tóxica reforma fiscal que fue aprobada por el PRI y el PRD, al no asumir con contundencia el reto de una amplia y equitativa recaudación, dejó abierta la llave del gasto y la contratación de deuda. No se plantea, en su lugar, una importante reducción del gasto en áreas y rubros no estratégicos, ni la menor intención de combatir la corrupción en la administración pública que todos sabemos lo onerosa que es. La solución, pareciera decir el gobierno, es tomar la tarjeta de crédito para enfrentar las vacas flacas de un desafiante contexto económico nacional e internacional. A la luz de experiencias previas no parece ser una buena estrategia. México es hoy, el octavo país con mayor deuda externa del mundo, apenas detrás de Grecia. No es un dato que podamos echar en saco roto.