Ficción 1

En aquellos años un amigo de mi papá era director de un periódico de cierta ciudad. Venía a Monterrey con alguna frecuencia porque su esposa era de acá y tenía familiares. En una de esas visitas lo invitamos a una carne asada en la casa; conversamos sobre muchas cosas y nos detuvimos en un tema específico: la nota roja. El punto salió porque se asomó a un privadito que yo usaba como oficina y sobre el escritorio estaban desparramados muchos recortes de periódico de accidentes, homicidios, asaltos y así. –¿Son tuyos? –preguntó–. –Sí, le dije; los colecciono. –¿Y qué haces con ellos? –Invento historias, dije. No leo los textos del periódico, sólo me baso en la foto y armo una historia creíble; reinvento nombres, motivos, circunstancias y desenlaces. Así continuó la charla y conversamos sobre Enrique Metinides y la literatura del género. Al final me pidió le enseñara algunas de mis historias –con su respectiva foto– y terminé obsequiándoselas.

Pasaron como dos meses. Llovía con fuerza y el vapor de la cafetera empañaba el vidrio de la ventana. Sonó el teléfono: era el periodista. Me sorprendió cuando me dijo que necesitaba varios de mis textos. –¿Puedo preguntar para qué son? Luego de un breve y tenso silencio dijo: –El asunto es este. Mucha gente lee la nota policiaca, pero a veces no ocurre gran cosa y tenemos que rellenar con cualquier cosa. –El problema –continuó– es que mis periodistas son medio flojos y no echan a volar la imaginación. Intervine: –Entonces cómo te gustaría que... Y antes de que terminara la frase adelantó: –Ayer te mandé una caja con fotos. Muchas fotos. Agarra las que quieras, te inventas historias y las mandas de vuelta al periódico. –¿Lo que yo quiera?, dije en tono incrédulo. –Lo que se te pegue tu rechingada gana, contestó. –Además te voy a pagar, agregó. Y entonces sentí una emoción que nunca había sentido antes: me iban a pagar por echar mentiras, y pensé que era lo mejor que me había pasado nunca. Seguimos la conversación anotando cosas como las características generales de las notas, la extensión de los textos y colgamos.

Días después llegó la caja. De inmediato la abrí y vacié su contenido sobre el escritorio. Eran como 500 fotos; comencé a desparramarlas, a tocarlas, clasificarlas: mi imaginación volaba. En las fotos apenas y se distinguían rostros, solo cuerpos ensangrentados, envueltos en sábanas o mortajas de tierra y hojas, machetes, pistolas, autos destrozados, habitaciones calcinadas y así. Me di cuenta que se trataban de archivos viejos, imposibles de trazar o identificar; muchas de las fotos presentaban decoloraciones y dobladuras.

No pasó una semana; mandé 10 notas. Eran casos surtidos y el estilo de escritura era directo, sencillo y fluido: daba gusto leerlos. En cuanto le llegaron, me marcó y, salvo algunas correcciones y sugerencias, elogió mi trabajo. Establecí una fórmula, un molde para crear las notas; siempre eran bien recibidas porque los textos no eran tan fríos: estaban campechaneados y esto les otorgaba una calidez que a los lectores encantaba. Nuestro experimentó duró dos años.

Pero lo bueno nunca dura mucho: el director murió de un infarto; apareció muerto dentro de su auto, con un vaso de café entre las piernas y con la cabeza contra el volante. Lo curioso es que una semana antes le había enviado una nota sobre un hombre que había muerto exactamente así. Lamenté mucho su muerte porque habíamos establecido una amistad y complicidad basados en una serie de mentiras estructuradas en un engaño que a todos gustaba. Pasaron como dos o tres semanas y marqué al periódico; la secretaria era la misma y me comunicó con el nuevo director. Me presenté y expliqué acerca de mis notas falsas, esperando que la relación con el periódico se restableciera, pero eso no ocurrió. En tono parco me dijo que no era ético y que había tomado la decisión de ya no aceptar cualquier tipo de colaboración mía. (Sigue próxima semana).

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