Propósitos

La gente se intoxica con estas fantasías de un nuevo comienzo, una oportunidad, una especie de reivindicación de nuestros sueños...

Enero 2, 2018. Para mí el 1 de enero es como si no existiera. Me levanto tarde y crudo y no hago nada. Hoy las cosas pintan grises y sin expectativa; hace frío (nevó en algunas partes), la gente está entre atarantada y apendejada, nadie quiere ir a trabajar y yo francamente no estoy de humor para mucho. O más bien para nada.

Me cagan los propósitos. Todo mundo postea lo que piensa hacer (nunca lo hacen), suben fotos de su fiesta, de su familia y de sus abominables mascotas. Los gatos, especialmente.

Sin mucho que hacer me meto a redes a merodear. "Comience a vivir la vida que usted quiere" dice el anuncio en Facebook; siempre ponen esas cosas entre la última semana de diciembre y la primera de enero. Los mercadotecnistas saben que la gente se pone sensible y siente que, con cada cambio de año, se renuevan los votos, proyectos y planes, y aunque terminen procrastinando o haciendo las cosas a medias, la sensación y la esperanza es lo que verdaderamente cuenta. Y eso vende.

La gente olvida lo que tiene en la cabeza en cuestión de días. La razón, por una parte, son las redes sociales y los videojuegos. Uno ya no se concentra en la realidad circundante e inmediata, sino en lo virtual.

La gente se intoxica con estas fantasías de un nuevo comienzo, una oportunidad, una especie de reivindicación de nuestros sueños, de las posibilidades, las potencias. Como si el movimiento del planeta lo otorgara de manera mágica y automática. Los días son los días; los números los ponemos nosotros y les damos un sentido, un significado. El problema es el calendario; el año está embebido –atrapado y saturado– en y de una serie de festejos, recordatorios, alucinaciones (Navidad, Día de Reyes) fechas melcochosas tales como el Día del Amor y la Amistad y el pavoroso día de la madre, días nacionalistas como el de la bandera, la Independencia, la batalla de Puebla y la Constitución, festejos religiosos para todos los gustos y por supuesto, el día que el calendario cambia de un año a otro. Y a esto hay que añadir los "días de"; del maestro, del chef, de la sexoservidora (bueno, ese sí hay que festejarlo) y del cartero, entre otros. El calendario marca lo que debemos sentir, pensar, creer y cómo actuar, basado en una serie de dogmas y pronunciamientos oficiales. Lo peor es que nos indican qué esperar. Nuestras vidas están predeterminadas, en todos los sentidos.

A mí ya no me hace efecto esto; me da igual si es un año u otro o si estamos en tal o cual mes. Yo saco mi chamba y vivo mi vida de acuerdo a mis parámetros y no tengo el más mínimo interés en seguir agendas distintas a mis intereses. Publicaba yo en Twitter que esto de hacerse promesas y propósitos no era más que un acto meramente onanista; no vea usted los comentarios de muchos: "usted no puede quitarle la esperanza a la gente", "yo sí puedo salir adelante, idiota", "eres una mierda", "pinche amargado". Parece que esta gente no entiende que sus propósitos y planes los puede hacer cualquier día del año, a cualquier hora; no me queda claro por qué se esperan hasta el 31 de diciembre. Tampoco entiendo por qué estos maricas se ofenden; si lograron lo que se propusieron no hay de qué quejarse, si no pudieron, pues qué pena me da, y si sienten que con mi opinión no podrán lograrlo, entonces se trata de inútiles ineptos manipulables y débiles mentales y no hay ni cómo ayudarles. Ya, en serio.

Yo por lo pronto no me propongo ya nada porque desde que me levanto me pongo a hacer chingaderas; no necesito ni esperanza ni hacerme promesas de cambio y mamadas así. Me preguntan si tuve sueños, si los he llevado a cabo. Les digo que no: soy del norte, acá no hay sueños, solo realidades. Se hace o no se hace. Los taciturnos, melancólicos, románticos y soñadores expectantes no logran nada. "Se vale soñar", dicen. Pues fíjate que no, huevos de oro: se vale que te pongas a trabajar.

Propósitos mis tamaños.

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