Entre nacer y morir

Así como dicen que nací, así me voy a morir, sin recuerdo ni referencia. Qué experiencias tan maravillosamente extrañas e intrigantes.

¿Nací? Eso dicen, pero no lo recuerdo. No hay fotos ni video que confirmen el hecho. Por supuesto que hay quienes sostienen haber presenciado el parto, pero bueno, todos inventamos cosas, ¿o no? Bien pude haber nacido de una tonta probeta de borosilicato o haber sido implantado desde una nave alienígena en el útero de una avestruz, quién sabe. También pude haber aparecido espontáneamente, o quizá estoy evolucionando al revés, como esa película de un tipo que de viejito llega a recién nacido. Lo digo porque a veces me acuerdo de cosas que hice en el futuro. También puede ser que no exista y que esto que escribo es un efluvio exótico creado artificialmente, sin conciencia, historia u objetivo, lo cual puede ser factible en esta era de robots y electrónicas biomecanizadas. Pero si nos ponemos a pensar a fondo en el asunto, debemos considerar la posibilidad de que siempre haya existido y que no tenga ni principio ni fin (cosa que me haría muy feliz y despreocupado, pues de demostrarse que tal argumento es verdadero y fuera de toda duda, no le temería a la muerte). Me conmociona el hecho de verme al espejo y recordar mi rostro a lo largo de los años y que, al contemplarlo degradándose con el paso del tiempo, no puedo más que sospechar que estoy sujeto a las leyes conocidas, supuestas, inferidas o infligidas de la física, las mismas que actúan sobre todos los seres y cuerpos animados e inanimados y que esto trae como fatal resultado un decaimiento y muerte segura.

Hay que resignarse.

Así como dicen que nací, así me voy a morir, sin recuerdo ni referencia. Qué experiencias tan maravillosamente extrañas e intrigantes; tan parecidas, tan insubstanciales. Ni una ni otra son reales. Sólo ese periodo desde el momento en que uno comienza a recordar hasta un poquito antes de que te mueres. Lo que está antes y después no existe, no es real y no tiene importancia. Pero nos preocupa tanto.

Nacimientos y muertes siempre los festejan y celebran terceros, nunca los involucrados.

Allá en La Huasteca veracruzana algunos funerales se toman como un festejo. Sobre todo los de personas ya mayores. En algunos matan marrano y llevan huapangos. Entierran al muerto y de ahí pasan a festejar. ¿Por qué? Porque se trata de una fiesta de despedida. ¿No hacemos lo mismo con los que se van a casar, o los que se van a vivir o a estudiar a otra parte? Lo mismo ocurre cuando se acerca el parto y claro, después del mismo: fiestas de bienvenida. Es fácil armar el escenario mental para describir lo que va a rodear a una criatura luego de nacida pero, ¿qué hay después de la despedida final? Yo digo que nada y pura chingada. Las alucinaciones religiosas sobre mundos fantásticos poblados de seres míticos no vienen al caso porque no hay una pizca de evidencia que sugiera que tal mundo exista, así que tendré que quedarme con la explicación más sencilla y la más atinada, hasta ahora: los mundos —conectados entre sí y que conforman un misterioso y enigmático reino— de antes de nacer y después de la muerte poseen una característica y propiedad idénticas: no existen. Y al momento de penetrar en ellos adoptamos automáticamente esa cualidad.

Estamos comprimidos en un lapso brevísimo, sujetos a una serie de ciclos y condiciones impredecibles que ponen en riesgo constante nuestra existencia. Eso es lo único real. Y en ese periodo entre nacer y morir debemos inventarnos toda suerte de motivos y pretextos para existir, para vivir. ¿De qué se trata todo este asunto de estar vivo? Yo no se lo puedo decir porque no lo sé. Llevamos miles de años averiguándolo.

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