La muerte

Pero esta es una magia donde las cosas desaparecen y no vuelven a mostrarse jamás.

El otro día escuché esta conversación entre mi mujer y nuestra hija de 6 años:

-Mami, quiero saber cómo es la muerte; si me muero, ¿puedo regresar a estar viva?

-No, eso no se puede hacer.

-Es que yo creo que la muerte no duele: lo que duele es cuando te matan.

-No sé qué decirte; solo sé que si te mueres no regresas, y si te mueres ¡yo me vuelvo loca!

-Ok mamá, no me muero para que no te lleven a un hospital.

El tema de la muerte es universal y ha sido tratado de muchas maneras por todas las culturas que han existido. Suscita reflexión y genera cuestionamientos profundos sobre la existencia. Se han ensayado muchísimas posturas para tratar de resolver el asunto pero todos estos intentos se topan con la dura realidad de que cuando uno se muere, se acaba. Sí: uno puede creer en cualquier cosa, pero mientras no se presente evidencia que sostenga esas creencias o ideas, no es real.

El escritor Arthur Koestler, al igual que mi hija, sentía una curiosidad enorme por la muerte en sí, pero le temía al proceso de morir. Al enterarse de que tenía el mal de Parkinson y un tipo de leucemia incurable, tomó la decisión de suicidarse tomando una sobredosis de alcohol y barbitúricos. Su mujer se suicidó junto con él.

En el caso de Koestler, que alojaba creencias metafísicas y de personas que profesan religiones variadas, el fenómeno de morir representa un proceso transicional en el cual ocurre una permutación de sustancias y estados. En tanto que puede ser gratificante creer en ello, existe otro grupo de personas que consideran el alma como sinónimo de conciencia, un proceso netamente orgánico, producto de la química del sistema nervioso y, como tal, un proceso finito, limitado. Si esto último es cierto (y todo parece indicar que lo es), entonces el cuestionamiento de la muerte puede volcarse sobre la lógica de vivir y el esquema de superexistencia pierde sentido y razón. Y dejando a un lado los procesos de angustia que genera la idea de la extinción absoluta del ser, de la conciencia, debemos enfocarnos en ese tramo que ocurre desde el nacimiento hasta la muerte.

Me irrita la postura de simplificar el tema con un argumento fantástico que lo único que logra efectivamente es eludir el tema. Mucha gente prefiere no considerar el cuestionar lo opuesto a lo que creen. Lo entiendo, pero no estoy de acuerdo.

Para un niño, el concepto de morir viene mezclado con una fuerte carga de fantasía, de imaginación, pero también de una buena dosis de imposibilidad. A temprana edad presienten la realidad de las cosas pero se les enseña a pensar de manera distinta —muchas veces contraria— a lo que observan, al orden natural de las cosas y a lo que el sentido común les dice desde lo más profundo de su cerebro. Quizá en ellos morir sea algo distinto a desaparecer por completo; tal vez sea un concepto inasible, exótico: mágico. Pero esta es una magia donde las cosas desaparecen y no vuelven a mostrarse jamás, y no hay ninguna explicación que calme el terror que genera esta realidad. Para un adulto con capacidad para reflexionar sobre el tema, lo más cómodo es evitar el asunto y dejarse envolver por esta actitud pueril de creer fantasías y esquemas disparatados de persistencia supernatural. Prefiero vivir con la angustia y con todas las emociones que se generan de manera natural alrededor de esta realidad, porque esa es mi naturaleza.

Sólo espero que ni mi mujer ni mi hija se mueran antes que yo porque entonces sí me vuelvo loco.

Lo que sí me queda claro es que morir no es un acto de magia; vivir lo es.

chefherrera@gmail.com