Momentos

Ella se voltea y deja el rostro en suspenso, después de una mirada que pudo haber durado una eternidad.

En la tarde, después de la hora de la comida y poco antes de la cena no pasa mucho en la fonda donde trabajo. Son lapsos que uso para cocinar, escuchar música, escribir o salir al súper a comprar alguna cosa que pueda faltar para el servicio de la noche. A veces salgo y me siento en la jardinera del estacionamiento: veo pasar carros, gente, nubes; me dejo envolver por el viento, el ruido y los perros ladrando en este vecindario que se resiste a negociar un cambio con el resto de la ciudad y convertirse, de una vez por todas, en parte de esa homogeneidad pasmosa que es la metrópoli.

Esa tarde estoy recogiendo el comedor. Acomodo platos cubiertos y servilletas sobre las mesas. Esta tarde no hay música saliendo de las bocinas; solo escucho el viento seco y frío golpear las matas de la jardinera. Por un momento dejo lo que estoy haciendo, me pauso, inclino sobre la puerta y miro hacia fuera. Sobre la banqueta opuesta aparece una mujer. Es joven, camina rápido y está hablando por teléfono celular. Viene en dirección del restaurante. Se le nota algo agitada. Hace aspavientos, baja la cabeza y acelera el paso. Se detiene ante un vehículo, desactiva la alarma y sube. Sigue hablando por teléfono. Elabora un signo con la mano izquierda, abre la palma de la mano, la cierra y golpea el volante. El vehículo tiembla. De pronto, deja caer el teléfono, se lleva la mano a la boca y rompe en llanto. Se estremece en estertores. Llora de manera intensa. Se tapa la cara con las manos, grita. Yo la observo detrás del vidrio de la puerta de la fonda. De pronto, ella voltea y me observa. Ahora sabe que la estoy mirando. He visto todo, desde el principio. Ella se voltea y deja el rostro en suspenso, después de una mirada que pudo haber durado una eternidad. Enciende el auto y se va.

Me hospedo en el tercer piso del hotel. Ya me preparo para bajar a cenar. Camino por el pasillo y me envuelve esa luz suave, cálida e indirecta que acoge a los huéspedes. Todo está muy callado, tranquilo. No se escuchan ruidos de las habitaciones; conversaciones, la televisión, música, nada. Presiono el botón para bajar y pronto se escucha la campana que anuncia la llegada del elevador. Se abren las puertas, entro: en aquella caja revestida de espejos hay una dama. Se le ve inquieta, respira profundamente, exhala y se lleva las manos al pecho. Se cierran las puertas, descendemos. Se me queda viendo y pregunta, en un acento de España: -Disculpe; ¿qué hace cuando tiene una tristeza muy honda que lo oprime? -Llorar, soltarlo -respondo. Ella no me quita la vista de encima, y sus ojos son como un lago profundo que esconde cosas. Se abren las puertas, le permito el paso. Voy detrás de ella. Voltea en un pasillo a la derecha, hacia donde está el gimnasio, entra y se suelta en llanto. Se tapa el rostro con las manos y así se está un rato, yo la observo. Estoy a cierta distancia pero alcanzo a ver bien lo que sucede. Me doy la vuelta y sigo al restaurante. Desde el fondo del pasillo echo un vistazo atrás y noto que la mujer, sentada sobre una banca y más tranquila y sosegada, me observa.

Parece que sonríe.

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