Medicina, según todos

La medicina ha progresado mucho. Ya no necesitamos embarrarnos el cuerpo con orines de animales ni lodo o recurrir a chamanes...

Me duele el estómago, -se quejaba aquel muchacho, a lo cual respondió prontamente su bien enterada y omnisciente tía: –Tómate un vaso de leche con limón. El tipo hizo lo que le fue recetado, pero lejos de resolverse la dolencia, se agravó. Algo parecido resultó de una consulta no solicitada que vivió un amigo con un grupo de señoras que se encontraban parloteando en casa de su mamá; llegó lamentándose sobre una intensa molestia en la espalda y no terminaba de apuntar sobre el sitio exacto y el carácter de aquel dolor cuando ya comenzaban las opiniones: –Es una contractura, –diagnosticó una de las especialistas– y debes untarte pomada de árnica con eucalipto, declaró otra colega: –Yo más bien pienso que se trata de un problema de postura: con masaje y ejercicio se quita. Otra se levantó y, haciendo muecas y aspavientos, protestó: –¡Nada de eso! ¡Es un nervio pellizcado! Una señora de pelo rizado y maquillada como si la fueran a presentar en un velorio de cuerpo presente dictaminó que la causa de aquella afección no era otra cosa que un accidente psicológico, y el remedio era simple: un gran vaso de whisky; –todo está en la mente -dijo, y por un instante aquellas añejadas damas parecieron estar de acuerdo y, levantando sus bebidas, brindaron por la salud del muchacho, el cual, haciendo caso de la sabiduría popular, se entregó a los efectos terapéuticos del mencionado elixir.

Debo decir que, sin tomar en cuenta la explicación del porqué del malestar, el remedio me pareció juicioso. El caso se resolvió de la siguiente manera: la mamá de mi amigo decidió marcarle al médico de la familia y acordó una cita para revisarlo. A la mañana siguiente, el paciente se levantó, bebió café, desayunó y ya para salir a ver al médico, se dio cuenta que el dolor había desaparecido. Un punto a favor del whisky.

Heródoto, en su primer libro de historia, refiere una curiosa costumbre de los babilonios: Otra ley que tienen (que me parece también muy discreta) es que cuando uno está muy enfermo lo sacan a la plaza, donde se consulta sobre su enfermedad con todos los concurrentes porque entre ellos no hay médicos. Entonces, si alguno de los presentes padeció la misma dolencia –o sabe de otro que la haya padecido– manifiesta al enfermo los remedios y curaciones que deberían emplearse, y exhorta puntualmente a ejecutarlos.

En otro texto de remedios caseros escrito en el siglo XVIII, se recomienda curar una afección dérmica aplicando una mezcla de orines de vaca con lodo y yerbas curativas. Me hubiera gustado ver la evolución de los pacientes sometidos a tal tratamiento; habría generado un magnífico guión para una película de terror.

La medicina ha progresado mucho. Ya no necesitamos embarrarnos el cuerpo con orines de animales ni lodo, recurrir a chamanes o hacerle caso a señoras ignorantes, aburridas y abandonadas para curar dolencias que, muchas de ellas, pueden resolverse con remedios que se consiguen en cualquier farmacia y sin prescripción médica (pero de preferencia bajo la opinión de un especialista) o que, a fuerza de no hacerles caso, desaparecen de un día para otro.

Hoy todos opinan sobre cualquier cosa. No; la mayoría no sabe nada o tiene un conocimiento muy somero del tema, pero como quiera opinan. ¿Qué logran con eso? Pues hacerse los interesantes y llenar el hueco de silencio que suele generarse cuando alguien pregunta sobre algo que todos ignoran. Lo mejor en esa situación es cambiar de tema.

Me queda claro que, si no sabes de algo, lo mejor es permanecer con la boca cerrada. Hace unos días mi mujer se acercó y, llevándose la mano al cuadrante inferior derecho del abdomen, hizo una mueca de dolor: –Me duele aquí; ¿qué crees que sea?-, en mi mejor opinión, apendicitis, dije. –Ay, no mames -respondió. –Bueno, pues tú preguntaste y eso fue lo primero que se me vino a la mente.

Coño, si le duele algo y quiere una opinión acertada, consulte a su médico.

chefherrera@gmail.com