¿Dónde estabas?

De vez en cuando me lo pregunta algún melancólico: ¿Dónde estabas cuando ocurrió tal o cual cosa? Supongo que la pregunta es buena y me ha parecido interesante elaborar una lista de algunos de esos momentos donde confluyó algún hecho notable con mi vida. Le comento dos de ellos.

1.- ¿Dónde estabas cuando mataron a John Lennon?

Esto fue el 8 de diciembre, pero yo lo viví al día siguiente. Tenía 11 años y estaba en el bar del Carlos n’ Charlie’s, en Cancún, en una marina. Ahí estaban mi hermano y unos amigos, eran como las dos de la tarde cuando el barman gritó: “¡Mataron a John Lennon!”. El ambiente colapsó. Por lo visto mucha gente no se había enterado; alguien dejó caer una copa al suelo, se escuchó un barullo entremezclado con ayes y lamentos, y en cosa de segundos de las bocinas comenzó a escucharse “Watching the wheels”. A mi hermano y sus amigos les importó una chingada la noticia y siguieron bebiendo. Yo no estaba seguro de quién coño era John Lennon ni me importó. Después me enteré. La verdad sigue sin importarme mucho. Pero esa canción siempre me remite a ese momento en la marina y es un buen recuerdo, lleno de aromas a sal, humedad, frutas, tabaco y alcohol, y al diésel de los yates y de bronceador de playa. Bueno, quizá la mezcla de diésel y bronceador no sea precisamente lo más agradable, pero esa combinación me activa la memoria, ni modo.

2.- ¿Dónde estabas cuando se casaron el príncipe de Gales con la princesa Diana?

Dublín, 1981. En ese tiempo pasé un verano en Irlanda en una de las instituciones de la escuela donde estudiaba, en una especie de intercambio. Ese día pasamos la mañana paseando en Dún Laoghaire, junto al mar. Compré un chopo de nieve de vainilla con un flake incrustado encima. Era una combinación de moda en ese tiempo; la textura en escamas del chocolate de la casa Cadbury se desbarataba junto con la suavidad de la nieve, todavía puedo saborearlo. Así contemplaba la costa y percibía los aromas a sal, algas, rocas húmedas, yerbas secas y minerales, notas que años después volvería a captar catando un whisky escocés, el Bowmore, y que cada que lo pruebo me arrebata y transporta a ese sitio. De ahí regresamos a la escuela (le llamábamos “el hospicio” y estaba administrado por sacerdotes católicos); nos juntaron en el comedor para un evento especial, la boda de Carlos y Diana. Fue increíble; notabas un contraste muy marcado entre esa ceremonia suntuosa y algo anacrónica, y el comedor parco y sobrio del hospicio. Los diáconos y padres bebían whisky a borbotones (irlandeses, imagínese) y nosotros, niños deslizándonos en la frontera con la adolescencia, bebíamos refresco y no quitábamos la vista del televisor. Quienes vieron esa boda no olvidarán jamás el vestido kilométrico de la princesa, los coches alegóricos, la guardia, los invitados ilustres. En un punto alguien comentó: –Mira, la princesa se casó con un cara de caballo. No parábamos de reír. Después todo volvió a la normalidad, pero las escenas aún persisten en mi mente. Un día antes de regresar a México compré una moneda conmemorativa de aquella boda; venía en un empaque de cartón con plástico, de color azul, y en ella se mostraban los rostros de los príncipes. Esa moneda se perdió. Años después cuando Diana se mató en un accidente de tráfico lamenté su muerte, porque cada que pensaba en ella recordaba Irlanda y todo lo que viví allá. Además la princesa me alborotaba un poquito las hormonas. En ese tiempo y de regreso a México iba en el avión y pensaba que ella sí era una princesa de verdad en medio de una obra de teatro ridícula y acartonada.

Sigo creyéndolo.

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