El disco es cultura

La tecnología ha convertido al hombre en un ser egoísta y autómata. 

Así decía la leyenda que venía impresa en casi todos los discos de vinil que comprábamos en aquella época. Me sorprende que mucha gente que nació después de la era del vinil ni siquiera los hayan visto, incluso piensan que el CD siempre ha estado ahí.

El proceso era complejo: no teníamos idea de lo que eran una buena parte de los discos que comprábamos; llegaban novedades a la tienda y como no teníamos internet en un puto teléfono móvil para buscarlo al momento, nos guiábamos por la portada y por la poca información que venía en la parte posterior de la cubierta. A veces los de la tienda abrían algunos ejemplares y teníamos la oportunidad de escuchar y saber si nos gustaba, pero la mayoría de las veces teníamos que comprar el LP para enterarnos.

En esos tiempos compraba un disco y, al llegar a casa, lo primero que hacía era marcarles a mis amigos para anunciar que había disco nuevo; no demoraban en llegar con alcohol y botanas.

Entonces se llevaba a cabo el ritual: abrir el disco, oler esa mezcla entre el plástico y el cartón, colocar el vinil sobre la tornamesa (había que tener buen tino para aterrizar correctamente la aguja sobre esa franja lustrosa y ancha) y ver cómo se deslizaba hasta que daba con la primera selección.

Mientras, leíamos lo que venía impreso en la parte de atrás del disco y en la funda interna y bebíamos. A veces nos exasperábamos con alguna canción que no gustaba y le adelantábamos, proceso muy diferente al de la tecnología moderna, donde le picas a un botón y listo; allá había que mover la aguja con la mano y dejarla caer en una franjita súper delgada que separaba cada canción, y eso requería cierta destreza y observación. ¡Y casi siempre le fallabas! Pero era parte de disfrutar la música. Es mesmerizante asociar el giro del disco con el sonido que produce. Después llegó el CD, y aunque también giraba, la aguja era un haz de luz y no podíamos verlo. Con la música digital comprimida nada de eso ocurre: sólo hay que apretar un botón. Sí: es más cómodo e inmediato que la tornamesa.

La tecnología condiciona nuestra experiencia, no sólo en la manera de ver las cosas, también en la forma en que nos comportamos. No, no es lo mismo disfrutar la música en una tornamesa que de un aparato digital de música comprimida: hay un abismo insondable, porque no sólo es la calidad del sonido, tiene que ver con los hábitos asociados a su consumo.

En la tornamesa todo giraba en torno a ella, no sólo el disco: la convivencia, el intercambio de gestos, ruidos y emociones, el descubrir nueva música o festejar el lanzamiento del nuevo álbum del artista favorito, y todo bajo el amparo de una tecnología primitiva pero eficaz. Combina la calidad del sonido, el factor de la convivencia más alcohol y comida y obtenemos civilización.

Hoy la gente anda con sus audífonos escuchando su música personal, que ya no es para compartirse. En cierta medida la tecnología ha sido manipulada para crear aparatos que nos han transformado en autómatas, en seres egoístas encerrados en sí mismos y alienados de una realidad palpable, fresca y apremiante.

Concretamente la música se ha vuelto un producto de consumo donde el volumen ha superado a la calidad y la música en sí ha rebajado su valor a una comodidad de sonidos articulados y estructurados de tal manera que, además de ejercer un efecto sedativo, nos alejan de su apreciación profunda y así poder darle un significado quizá trascendente.

Hoy, el disco no sólo ya no es cultura: desapareció. En su lugar, ocurrió algo que le quitó una pieza importante a nuestra manera de relacionarnos.

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