Los muertos

Papá, ¿dónde viven los muertos? Preguntó, mientras contemplábamos tumbas, criptas y lápidas con arreglos y ofrendas para el Día de Muertos, cuando dimos con el sepulcro solitario de una niña; la escena me crispó. Nos sentamos encima de la tumba.

¿A dónde van los muertos? Ya lo había preguntado antes. Algunas veces, exasperado y sin tiempo, digo “no sé”, otras invento que habitan en un mundo subterráneo iluminado por los magmas profundos en ebullición esperando explotar en algún volcán del mundo para liberar sus espíritus y también le he dicho, en ciertas noches silenciosas y claras, que sus almas viajan a una región remota de la galaxia, al centro de una nebulosa, y que con sus recuerdos generan esos colores violáceos, azules y anaranjados que aparecen en el telescopio.

¿Acaso no quedan en la memoria de las personas? Por un tiempo sí, pero poco a poco se van disolviendo y por más que se aferran saben que tienen que partir. Les cuesta un tiempo aceptarlo, pero al final se van desprendiendo y se van. Porque ellos tienen su propio mundo y es ahí donde deben vivir, ¿sabes? Y en ese lugar están sometidos a reglas muy diferentes a las nuestras, te explico: ahí el tiempo no existe, entonces sus recuerdos, que es lo único que les queda, ya no funcionan igual. Su memoria es como una maraña de pensamientos caóticos, desordenados, como cuando rompes un reloj y lo metes en una caja; todas las partes están ahí, pero no funcionan en conjunto ni en armonía. Cierto: no miden nada, pero poseen un sentido que nosotros no podemos dilucidar. Los muertos están envueltos en un éter que no es lineal ni cíclico; es más bien un tejido de impulsos y energías que al principio aparecen desordenadas, pero que a medida que se acostumbran adquiere una extraña sensación de orden, y así se la pasan, intentando descifrar este código, que es distinto para cada quien. Por eso no se pueden comunicar entre ellos: son almas solitarias, abandonadas, aisladas y oscuras. Tal es su realidad: habitan un lugar que no podemos ver con nuestros telescopios, sondas espaciales y matemáticas avanzadas o deducciones filosóficas. Esos espíritus son como autistas, seres retraídos y obtusos, viajeros en un universo viejo, desmoronado y oculto que nunca se revelará ante nosotros, una realidad celosa de sus cosas que se mantiene en sombras perpetuas, mojadas por nuestra ansiedad, por nuestra limitada visión saturada de reglas y leyes que nuestra inteligencia y percepción no alcanzan a apreciar de este otro universo tan amplio, tan insondable, inescrutable e indiferente, y ahí, en esa otra vastísima realidad que no podemos –y podremos– ver, ahí viven los muertos, nuestros muertos, nosotros.

¿Los muertos sienten?

No.

Sólo pueden estar ahí, sin hacer ni lograr nada. Flotan en un mar de recuerdos rotos e inconsecuentes, intentan evitar disgregarse y así procuran concentrarse en acúmulos de almas perdidas, pero ya no tienen energía y tampoco saben lo que podría ocurrir si llegasen a lograrlo, aunque muy en el fondo entienden perfectamente bien que nada tiene sentido ya.

Papá, ¿entonces cuando estemos muertos no nos volveremos a ver?

No.

Vamos a estar tan fríos, solos y confundidos como antes de nacer. Y eso va a durar para siempre, porque la vida es sólo un brevísimo resplandor rodeado de tenebrosa eternidad.

Y nosotros, ¿por qué estamos aquí?

Esa pregunta no la puede responder nadie, ni los muertos. Pero lo que hagamos mientras estamos vivos es cosa nuestra y de nadie más. Y no va más allá de eso.

De esa manera comenzó a soplar una brisa cálida que hizo silbar las hojas de los cipreses y al tiempo que levantaba los temblorosos y marchitos pétalos de las lápidas nos quedamos sin hacer o decir nada y con la mirada perdida en el ocaso, esperando la noche y sintiendo la fría tumba bajo nosotros.

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