El destino

Cuando toda lógica, razón o capacidad para explicar lo sucedido falla, siempre está el recurso del destino. Se trata de un concepto muy antiguo que justifica nuestra incapacidad para manejar nuestras vidas más allá de lo que podemos hacer o lograr.

Las personas creen existe una fuerza que los trasciende y que los empuja de manera misteriosa hacia un punto específico de su futuro. Algunos piensan se trata de Dios; otros, de una fuerza cósmica. Para el caso es lo mismo.

El destino es un concepto reconfortante que nos exime de responsabilizarnos de nuestra vida presente para así no tener que proyectarla hacia un futuro que percibimos como incierto, desconcertante y angustiante. Es una solución fácil y cómoda, y es muchas veces la mejor excusa del procrastinador.

Queremos creer que habitamos en un universo misterioso compuesto de un éter mágico impregnado de fuerzas invisibles que controlan nuestras vidas por encima de nuestras decisiones.

El destino no deja nada a la casualidad ni a lo inexplicable: las cosas ocurren por algo y aunque no logremos dilucidar las razones, hay que aceptarlas tácitamente. Yo no lo creo: el futuro no está predeterminado por una fuerza inteligente ni por aquellas que estén presuntamente diseñadas para ejercer estímulos concretos en nuestras vidas. Lo cierto es que la suma de nuestro comportamiento, de los hechos de todos los días nos predispone estadísticamente a terminar de tal o cual manera, pero eso es sólo una consecuencia de lo que hacemos o de lo que omitimos, y esa tendencia sí puede cambiar y depende de nosotros, no de esta fuerza incognoscible.

El concepto del destino también se le asocia con el de vocación, esta creencia irracional de que nacimos para hacer algo específico o fuimos llamados por alguna fuerza sobrenatural a entregar nuestras vidas a una causa. Para rebatir esta fantasía, basta con citar el caso del milusos, que hace o ha hecho de todo y que al final se estaciona en una actividad que mejor le remunera o en la cual se siente a gusto, pero no lo hace porque crea que ha sido llamado a hacerlo.

Una cosa es mostrar una tendencia a hacer algo según las condiciones y presiones de la circunstancia y la psicología e historia de la persona, y otra muy distinta creer que es resultado de una fuerza premonitoria que nos envuelve y condiciona. Hay un cierto grado de predictibilidad en lo que hacemos, lo que nos lleva a encontrar explicaciones más mundanas y sencillas que adjudicárselas al destino. Dios o a la varita mágica de Harry Potter.

Hay que aceptar que las cosas ocurren por razones muchas veces difíciles de explicar o entender, pero nada tiene que ver con los designios de un ser o fuerza superior.

Hay quienes desean ver en el destino la culminación de su sueño, su deber; entiendo lo poético de esto, pero es falso: El destino depende en gran medida de nuestras decisiones y no hay manera de saber qué hubiera pasado si hubiésemos tomado una decisión distinta. El futuro puede predecirse hasta cierto punto, basado en estadísticas y comparaciones, pero no hay predeterminación. Un hecho minúsculo y aparentemente banal logra muchas veces alterar de manera importante el curso de la historia.

El destino es una ilusión.

¿Quiere cambiar de profesión, de pareja o de hobby? Hágalo, que nada lo condicione a seguir con la vida que lleva si no está a gusto.

Viva su vida pensando bien lo que quiere lograr y déjese de especulaciones o justificaciones metafísicas irracionales, porque lo mejor y más excitante de la vida es justamente lo contrario: es impredecible.