La bestia

Isaac asimov advertía de los peligros de que la inteligencia artificial perdiera el control...

En una de mis incursiones misteriosas a las librerías del DF di con la narrativa breve completa de Joseph Conrad. Usted lo conoce porque escribió un cuento, El corazón de las tinieblas, a partir del cual se hiciera la adaptación para el guión del filme Apocalypse Now. Conrad escribió otro cuento, La bestia, que trata sobre un barco que posee cierta volición y conciencia de sí mismo y se la pasa fastidiando a sus ocupantes. Me recordó a la novela de Stephen King, Christine, donde un vehículo es poseído por una fuerza sobrenatural y hace lo que generalmente ocurre en las novelas de King: procurar dolor, terror y, al final, muerte.

Los objetos que construimos llevan mucho de nosotros; son extensiones de nuestros sentidos, y siempre ha existido un temor de que sean capaces de experimentar emociones y actúen con algún tipo de inteligencia. En la película clásica de ciencia ficción, Star Trek, el equipo del Enterprise debe lidiar con una entidad que desconocen y que los amenaza. Se trata de una máquina que ha viajado por la galaxia acumulando conocimiento, mejorando, evolucionando; en un punto la confrontan y se dan cuenta de que se trata del Voyager, la sonda espacial lanzada en los años setenta para explorar el Sistema Solar. La curiosidad es el alma de esa máquina y su deber es recoger información y generar conocimiento, a costa de lo que sea, aun y cuando eso implique destruir a su creador.

Isaac Asimov advertía de los peligros de que la inteligencia artificial perdiera el control y así estableció tres reglas básicas: el robot no puede dañar a un ser humano. El robot debe obedecer las órdenes dadas por un ser humano, excepto cuando éstas entren en conflicto con la primera regla, y el robot debe proteger su propia existencia, siempre y cuando no entre en conflicto con la primera regla, por tanto, es sujeto a autodestruirse. Por suerte, si algún día los robots llegan a alzarse en nuestra contra, habrá que esperar que su nivel de ética sea lo suficientemente avanzado como para respetar las reglas de Asimov. Lo mismo no puede decirse de máquinas que han sido poseídas por fuerzas sobrenaturales; supongo que un exorcismo podría funcionar. .

La máquina de hacer hielos de mi refrigerador hace hielos cuando quiere, especialmente en invierno, cuando no se ocupan. Es caprichosa; casi puedo decir que lee mis pensamientos, pues cada que abro la puerta para sacar hielos y pienso que podría fallar, falla. Quizá la teoría de que la máquina pueda llegar a tener capacidades telepáticas no sea tan factible; por ello he desarrollado otra explicación: ella siente cuando meto la mano en el depósito donde caen los hielos, de esta manera se da cuenta de la necesidad que tengo y entonces toma la decisión de fastidiarme negándome el producto. A veces pienso que está conspirando en mi contra y que con cada hielo, incluye una pequeña dosis de veneno. Digo, después de ver una película de un auto asesino no es descabellado pensar que mi refrigerador intente matarme. Pero el mal no está allá afuera; la verdadera bestia vive dentro de nosotros y sólo espera que hagamos una fantástica máquina para cobrar vida y hacer cuanto desmán le sea posible.

Ya sea que, poseída por un ente del más allá, mejorada por efecto de su propia naturaleza o modificada por los caprichos de sus creadores, la máquina siempre será una proyección de lo mejor y peor de nosotros, y el día que se vuelvan autosuficientes y no respeten las reglas, nos va a pasar como Terminator y entonces sí tendremos un depredador a la altura de nuestra inteligencia.

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