Animales disecados

Esta fascinación morbosa solo puede explicarse como una mezcla entre querer detener y asir el tiempo y el terror a la muerte.

Tengo un amigo cazador. En la sala de su casa cuelgan todo tipo de trofeos; venados, borregos, un jaguar, un gato montés y una gran cabeza de alce, entre otros. Siempre que nos juntamos reserva una parte de la conversación para repasar sus más notables aventuras cazando dichos animales y siempre resulta divertido escucharlas. Una tarde pasó un sobrino a saludar y mi amigo lo invitó a charlar y a beber con nosotros. El joven llegó muy entusiasmado, se sentó, abrió una cerveza y escuchó atentamente nuestra conversación. Como 20 minutos después noté que se le quedaba viendo a la cabeza del alce. Luego paseaba su vista por el resto de los trofeos, pero siempre regresaba la vista al alce. Fijándome en él lo veía entre confundido y asustado, por lo que mientras divagaba entre aquellos animales le hice una seña a otro amigo que ahí estaba para que le echara un ojo al sobrino. Habiéndose dado cuenta de que el joven sí presentaba una conducta sospechosa, mi amigo se acercó y me susurró: –Éste trae algo raro; pregúntale si se siente bien. Mi amigo el cazador se había levantado al baño y aún no regresaba. –Oye, ¿qué te pasa?–, pregunté. Él se me quedó viendo como ido, se me acercó y dijo en voz baja: –El alce se mueve. Mi amigo y yo nos miramos, sabiendo que esto iba a empeorar. Le pregunté ¿a qué se refería?, y, viendo de reojo a los animales, dijo: –El alce me ve, parpadea y hace ruidos–; ––¿Y los otros animales?–, pregunté. –Oh, ellos solo miran al alce, pero no hacen nada. Mi amigo le preguntó si había tomado alguna droga. –Claro –afirmó–, me dieron un poco de LSD–. –Ah, pues eso lo explica todo –le dije–; pensé que era algo serio. Cuando el cazador regresó del mingitorio le comenté sobre la situación y se decidió que lo mejor era dejar que el muchacho siguiera con su interacción psicodélica con los trofeos de la sala. Ya para irme, el sobrino se volteó y me dijo: –Sabes, ellos ahora ríen, a carcajadas.

El año pasado fui al Museo de Historia Natural, en Nueva York. Me sorprendieron los dioramas a escala con sus modelos de animales disecados y sus interpretaciones de homínidos y neandertales. En un punto me le quedé viendo a un hombre de Neandertal y no pude menos que sentir una inquietud, un desasosiego que más tarde durante la noche me produciría pesadillas terribles.

En la Semana Santa fui a la CdMx. Llevé a los niños al Museo de Cera y la pasamos muy divertidos. Me saqué fotos con Brozo, Pancho Villa, Pedro Infante y Gene Simmons, entre otros. La figura de Brozo fue la que más me impactó: hiperrealista. Tanto, que hubo gente que al verla decía que sí era el payaso de verdad y que estaba actuando: –Ahorita suelta la carcajada–, decían. Pero no: era de cera.

No termino de entender esta pasión por reproducir la naturaleza –incluidos a nosotros mismos– y conservarla como trofeos, exhibiéndolas en museos y en salas especializadas. Esta fascinación morbosa solo puede explicarse como una mezcla entre querer detener y asir el tiempo y el terror a la muerte, todo mientras uno toma drogas alucinógenas.

Me acuerdo de una pareja a la cual se le murió su adorado perro. Era un animal particularmente feo, pero como no tenían hijos, el animalito era todo para ellos. Pues un día que se muere el dichoso perro. ¿Y qué se imagina que hizo la pareja? Exacto: lo mandaron disecar. Verídico. Lo tienen en la sala y el perro está como dormitando. Ya es parte permanente del mobiliario. Es espantoso.

Bueno, no creo que sea tan malo esto de querer tener estos recuerdos siniestros. Pensándolo bien se me ocurre que cuando muera podrían meterme encuerado en un frasco gigante con formol, o en una cápsula de acrílico, de las que usan para exhibir monedas e insectos. Estaría mi cuerpo incorrupto en una mortaja de plástico transparente, a mitad de la sala y bien iluminado y mis descendientes podrán gozar de mi presencia para siempre.

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