“Hay algo”

Mostramos  esta tendencia primitiva a no dejar ciertas creencias y sensaciones; nos aferramos a la idea de que cohabitamos con un mundo invisible.

El chiste va más o menos así: “Llega un tipo a casa de su compadre y al entrar nota una ristra de ajos, una herradura sobre el dintel de la puerta y un bote con agua bendita sobre la mesa. —Qué pasó compadre, ¿a poco usted cree en las brujas? –pregunta–, Claro que no, compadre, ¡pero de que las hay, las hay!”.

La casa de mis tíos siempre estuvo decorada con las cosas más raras; máscaras de todos los rincones de México, artesanías variadas y una buena colección de fotografías que para cualquiera hubieran parecido extrañas. Y es que mis tíos eran gente cultivada y amantes de las artes.

Aquella noche invitaron a unos amigos cristianos a cenar. Mi tía ya tenía cáncer y se le veía debilitada; el tratamiento la había golpeado duro. Después de la cena pasaron a la sala y conversaron largamente y cuando tocaron el tema de su enfermedad, los cristianos, mirando la decoración, concluyeron que ella había enfermado porque aquel lugar estaba infestado de “artesanías profanas, símbolos paganos y hasta demoniacos”. Espíritus oscuros se habían permeado en la casa y estaban causando la enfermedad.

En otra ocasión fuimos a una boda en un rancho. Los dueños casaban a su hija y como parte de la variedad de entretenimiento incluyeron a un chamán de la localidad, el cual elaboró un ritual de limpieza para la pareja. Los invitados, la mayoría católicos, no se molestaron ante el fenómeno (su Iglesia prohíbe creer en esas cosas); antes lo festejaron. Tal vez lo vieron como algo propio de la región o una manifestación antropológica extraña, pero a fin de cuentas, divertido. El tipo que estaba a mi lado le preguntó a su acompañante si creía que aquel ritual realmente funcionaba, “No, pero no está de más: no vaya a ser”, contestó.

Recuerdo también una reunión de amigos; alguien comentó que en cierto rancho se había ahogado una persona en una presa, y que la gente de ahí escuchaba ruidos y lamentos por las noches; “eran los gritos del espectro del ahogado, pidiendo ayuda”, dijo uno. Cuando le pregunté si creía en aquello, contestó: “Yo la verdad no creo, pero ¿sabes qué?, hay algo”.

En el fondo, mostramos esta tendencia primitiva a no dejar ciertas creencias y sensaciones; nos aferramos a la idea de que cohabitamos con un mundo invisible —del cual no se sabe absolutamente nada— y que en él habitan seres mágicos que intervienen en nuestras vidas. Seguimos queriendo creer que meros objetos artesanales transformados en talismanes son capaces de atraer y procurar energías, influir en nuestras vidas y ahuyentar entidades metafísicas nocivas. Sentimos que el misterio del universo que nos envuelve oculta una fuerza mágica.

En lo más profundo de nuestra mente hay un homúnculo pequeño y siniestro que nos susurra a cada momento: “Y si todo eso que te dicen y escuchas, ¿es cierto? Créelo; es más fácil y así no le fallas”. Pero hay otra voz, apenas inaudible, que dice que tal vez debamos vivir sin creer en esas cosas.

No terminamos de dejar en claro lo que queremos creer y aquellas cosas que en el fondo deseamos abandonar. Queremos creer cuando lo más saludable es pensar. ¿Por qué no hacerlo? ¿Por qué no tomar la decisión consciente de dejar esas creencias absurdas y dejar de tener miedo? El temor y la incertidumbre son parte de nuestra naturaleza, pero no debemos permitir que se apoderen de nuestra capacidad para pensar y reflexionar.

Hay que aceptar que quizá no exista nada, sólo nosotros, las fuerzas de la naturaleza y nuestra potente imaginación y que así podemos ser más felices y vivir mejor que creyendo supercherías medievales.

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