Alaska

No es juicioso esperar a que llegue la muerte en un paraje remoto del extremo norte.

Tengo un amigo de Mexicali. Cuando cumplió 64 años decidió que ya no valía la pena vivir. Declaró que había fracasado en la vida y que todo su trabajo había sido en vano. -Fui mediocre y condescendiente -dijo, mientras se limpiaba una discreta lágrima. Su mujer lo abandonó hace como 10 años y ella se volvió a casar con su bien dotado profesor de zumba. Mi amigo tuvo dos hijos de los cuales no sabe nada y de sus amigos quedamos yo y otros dos, que no lo visitan. Esa tarde pasé a saludarlo a su casa. Ya me esperaba. Estaba sentado en la sala, sudando y hojeando una revista.

-Hace un calor de su puta madre-, dijo, en tanto que daba sorbos a un gran vaso de agua con tanto hielo que parecía un paisaje subpolar.

-Me voy a Alaska -dijo.

-¿Alaska?

-Sí.

Entonces me enseñó la revista; era un artículo sobre un tipo que había recorrido Alaska en motocicleta. Había paisajes muy bonitos; ríos, cadenas montañosas, bosques, cascadas, animales, atardeceres. Un paraíso, pues. -Me la robé del consultorio de mi dentista-, confesó.

-¿Y qué vas a hacer allá?-, pregunté

-Pues me voy a ir a morir allí.

-¿Qué? ¿Cómo?

-Sí, mira: cerca de un lago como este -y acariciaba una foto de un lago en cuya superficie apacible se reflejaban los picos nevados de una montaña en un atardecer malváceo.

-¿Pero por qué quieres irte a Alaska a morir?

-Bueno -respondió-, no hace el calor de Mexicali, es hermoso, tranquilo y nadie me conoce y no me van a extrañar. Además me quiero morir contento y ese lugar es perfecto.

Me quedé pensando en cómo esperaba que moriría, porque, a menos que se trate de un suicidio o ponerse en una situación muy desventajosa (que para el caso es lo mismo) no es juicioso esperar a que llegue la muerte en un paraje remoto del extremo norte.

-Entonces, ¿te vas a matar?

-¡Claro que no! Tú sabes que soy un cobarde, no podría hacerlo por mi propia mano. La muerte vendrá. Cómo ¡no sé!, pero confío en que llegará pronto. Mira, estoy cansado; ya no quiero hacer nada: la muerte me vendría bien ahora, y si la llamas, acude a ti; lo he visto.

Cuando lo cuestioné sobre el asunto de si la muerte podría tardar no meses, sino años en aparecer para reclamarlo, se me quedó viendo con cara de no querer seguir conversando y así nos despedimos. Esto fue en agosto. No supimos absolutamente nada de él durante meses, pues dejó atrás su celular y su iPad y así no había manera de dar con él. Dejó sus asuntos arreglados (que no eran muchos y tampoco muy importantes), no se ocupó en despedirse y dejó dicho que "tan pronto me vaya procuren olvidarme pues si en vida no fui importante, en la muerte, menos". Así planeó su vuelo de Tijuana a Vancouver y de ahí tomó un barco a Anchorage. De ahí lo volaron a Fairbanks y luego consiguió que un trailero lo llevara hasta un pueblo minúsculo mucho más al norte. "Un sitio cuyo nombre no conviene recordar no por alguna mala experiencia sino porque el puto frío es tan agudo que impide recuerdes nada de ahí, ni siquiera tu propio nombre".

Para abril ya había regresado a Mexicali; la muerte no le llegó como él habría esperado pero le había hecho una visita de advertencia; pesaba como 25 kilos menos y su piel correosa y atacada por el frío parecía la de una momia barnizada recién salida de un congelador. Estaba bebiendo café y con su rostro pálido y ojos retraídos dijo: -Allá hace un frío de su puta madre-. Y dando un sorbo al café con su mano temblorosa, remató: -Qué lugar tan jodido para irse a morir. -¿Y ahora qué piensas hacer? -pregunté. -Pues yo creo que lo mejor es morirme aquí, en el calorcito. -Oye, -pregunté-, ¿qué le pasó al tipo del artículo, el que recorrió Alaska en una moto? -Ese sí que se murió allá: se bajó a zurrar en la orilla de un río y se lo comió un oso.

Entonces saqué una botella de whisky y brindamos por el calor, por su regreso, y por la muerte, que por ahí rondaba, discreta, paciente y sonriente.

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