Volar

Uno podría pensar que hay una cierta paz, una tranquilidad inherente a este escenario, pero es todo lo contrario.

La azafata se menea bien; atraviesa el pasillo de un lado a otro ajustando las puertas de los compartimientos superiores, enderezando asientos, dando instrucciones de seguridad y sonriendo. Está monísima; cabello lacio, recogido, nariz respingada, boca chiquita, roja y coqueta, pulcro uniforme y una sonrisa que aunque institucional te derrite. El avión taxea hacia la pista y el piloto anuncia que estamos próximos a despegar. Ya alineados los motores eruptan, algunos pasajeros se persignan y comienza la carrera. ¡Volamos! Está nublado y hay poca visibilidad, pero el ascenso es rápido y pronto nos ubicamos por encima de la capa nubosa y con el sol sobre nosotros. El sol, el estúpido sol. Prefiero los climas fríos y lúgubres, los escenarios alegres y luminosos me enferman. El avión se agita: la aeromoza anuncia que debemos ajustar el cinturón. Algo ocurre; un pasajero sufre una crisis nerviosa; comienza hiperventilando, continúa con curiosos sonidos guturales y termina en gritos. Por fortuna el que viaja a su lado es psiquiatra: lo tranquiliza y medica. Minutos después me entero por medio de la azafata que el desajustado es, de hecho, un paciente de psiquiatría y viene acompañado de su médico y el viaje es parte de una terapia para confrontar el miedo a volar. Los ánimos se calman. Me levanto un poco del asiento y contemplo la cabina; resaltan muchas cabezas, casi todas con pelo. Unas tienen mucho, otras más o menos y hay como cuatro perfectamente lisas. Algunas llevan audífonos. Hay una con sombrero. Se ve de todo: cabellos lacios, rizados, tipo franciscano, cortos, largos y uno que sospecho es peluca. Vuelve la turbulencia y me asalta una duda existencial: ¿Cómo sería el mundo sin mí? Quiero pensar que haré falta y que me van a extrañar, pero luego me repongo de mi exaltación y me digo a mí mismo que las cosas van a seguir más o menos igual y que por fortuna no me voy a enterar de nada de lo que pueda ocurrir después de muerto. El vuelo continúa sin sobresaltos; al paciente le han hecho efecto los medicamentos, su psiquiatra dormita y mi azafata hermosa se prepara para servir el refrigerio. El estúpido sol sigue alumbrando afuera y yo estoy en la disyuntiva de si duermo o me mantengo despierto para revisar lascivamente a la aeromoza e imaginarme tanta y cuánta cosa. Volamos por encima de una capa constante de nubes. Uno podría pensar que hay una cierta paz, una tranquilidad inherente en este escenario, pero es todo lo contrario: en realidad es un desierto angustiante donde no ocurre absolutamente nada. Es frío, cegador y pasa de la luz a la oscuridad en un ciclo eterno. Es inquietante. Supongo que para un filósofo o un budista sea este el sitio ideal, pero para un mortal como yo que se la pasa fantaseando sexualmente con la azafata este lugar no aporta nada sustancial. En la fila de a lado contemplo a dos señoritas dormidas, son rubias y de piel muy blanca; están pálidas y de pronto pienso que están muertas. ¿Se imagina? Subirse a un avión, quedarse dormido y que a mitad del vuelo se te pare el corazón. Putamadre. El carrito de servicio justo ha llegado. Jugo de tomate por favor. Sin hielo, hace frío. Mamacita, qué buena estás, pienso, mientras me llevo el jugo a los labios y siento un dulzor con un toque de sal y acidez. Imagino que mi azafata es un tomate rojísimo, maduro, dulce e hinchado y que estalla al momento de morderlo, mojando de fruta y semillas toda la cabina. El tipo de al lado pide agua de coco. Me pregunto en qué estará pensando.

Ya comienza el descenso. La cabina está tranquila y en silencio. Atravesamos la capa nubosa y me reconforta ver de nueva cuenta montañas y la cuadrícula de la ciudad. Al tocar tierra no dejo de pensar lo mucho que voy a extrañar a mi azafata hermosa, y puedo afirmar que en ese corto vuelo visité efectivamente el cielo.

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