Vejez

Geriatras, cirujanos plásticos y farmacéuticos: maquillistas de lo inevitable, nos apabullan; los primeros se encargan de los despojos en que nos convertimos...

El avance del reloj —el tiempo— no me angustia porque me acerque a la muerte, más bien por llevarme cada día hacia la ominosa realidad de la vejez. La muerte es caprichosa, espontánea y juguetona. Llega en cualquier momento, nos arrebata de manera tajante o nos deja agonizar de manera dolorosa, terrible. Pues la vida es esencialmente cruel y nos deja decaer, nos permite echar un ojo a ese proceso de destrucción donde todo se acaba: cuerpo, recuerdos y esperanza.

La ancianidad es un castigo, nunca un estado de descanso, de reposición o de plenitud. Cuando se alcanza este estado, sabemos que lo mejor quedó atrás y no queda más que aguardar la muerte, y sólo podemos esperar a que sea rápida y benévola. ¿Por qué vivimos más hoy? ¿De qué sirve agregar unos años más al promedio de vida? No entiendo qué queremos lograr con eso.

Malísima, perversa y jodida broma la que nos juega esa siniestra asociación entre la medicina moderna, las compañías de seguros, los asilos y las funerarias. El negocio de enfermar y morirse: de los más rentables. Mejor es morirse antes que llegar a viejo.

La especialidad de la geriatría no existía antes, y esto porque eran contados los que llegaban a viejos. La ancianidad es un fenómeno de la modernidad asociado al avance de la medicina, entre otras cosas. La extensión de la vida se ha vuelto una obsesión porque en el fondo tenemos la creencia firme de que la ciencia puede lograr lo que la naturaleza ni ha prometido ni puede otorgarnos. Y así hemos hecho a un lado la calidad de vida para sustituirla por unos años más; años envueltos en claroscuros mentales, dolencias, amarguras y memoria fallida. El Antiguo Testamento dice que algunas personas eran tan longevas que vivían hasta 300 años. Coño, ni las tortugas. Tampoco somos sequoias.

¿Quiere vivir para siempre? Esa fantasía imposible sólo ocurre en religiones y creencias disparatadas.

Geriatras, cirujanos plásticos y farmacéuticos: maquillistas de lo inevitable, nos apabullan; los primeros se encargan de los despojos en que nos convertimos y los otros actúan como magos de lo imposible, creando ilusiones absurdas y costosas para hacernos creer, como en La isla de la fantasía, que vivimos una realidad alternativa donde podremos ignorar nuestros temores, nuestra ansiedad y revertir el decaimiento y la mortandad, pero ocultando esta inhabilidad para aceptar la biología normal.

Nos hemos vuelto seres patéticos, irreales, irrisorios. Somos el chiste de la biología, la evolución.

Después de ver esos rostros, esas tetas y nalgas transformados por la cirugía, me queda claro: somos unos payasos. Porque no se trata de verse o sentirse bien: es cuestión de ser lo que debemos ser de acuerdo a la etapa de la vida que nos toca, la que nos corresponde, no la simulación fantástica que imaginamos.

No debemos vivir tanto, ésa no es la idea original. Un porcentaje mínimo llegará a los extremos de la longevidad, sí, pero la mayoría somos promedio.

No quiero terminar abandonado en un asilo, en una silla de ruedas o en una cama en estado de coma conectado a un tubo y un cable o viendo familiares y amigos pasar frente a mí, distantes, irreconocibles, extraños.

Yo creo que, si empiezo a pisar las sucias y roídas alfombras de la vejez, me voy a matar con alcohol, colesterol o cualquier otra sustancia clínicamente nefasta.

Nuestros endebles y enclenques cuerpos y este proceso evolutivo que nos ha hecho de esa manera. Hay que aceptarlo. Festejarlo, incluso. Y si vamos a envejecer, que sea con dignidad. Y huevos.

chefherrera@gmail.com