Unidos para siempre

Las personas deben tener la libertad de decidir cómo llevar sus relaciones, y no debería existir ninguna institución o personaje sabio que interprete lo que le convenga.

Así decía el encabezado. En la foto sale esta parejita de ilusos, proyectando blanca y nerviosa sonrisa y pulcramente vestidos de blanco y negro. En otra foto aparece el sacerdote, ejecutando una mueca siniestra, pues acaba de sellar otro de esos pactos eternos y absurdos con Dios que no se pueden deshacer.

Un amigo se vuelve a casar. Pero esta vez sólo puede hacerlo por el civil, porque no puede ya por lo religioso (son católicos). Qué tontería.

El matrimonio católico es difícil de descifrar; hay un proceso de angustia subyacente que no acepta la finitud de la vida e intenta ignorar la volatilidad de las relaciones humanas.

Se festejan las bodas de oro y plata como si la persistencia, ese necio valor que alaba el tiempo sobre la calidad de vida, fuese lo más importante.

Treinta y cinco años duraron casados. El tipo era un borracho abusivo y ella no podía renunciar al matrimonio porque era piadosa. Se aguantó porque le prometieron recompensa eterna y lo creyó. Para ello tuvo que sacrificar su felicidad. Murió de cáncer, agotada por la humillación del marido y el estrés. Él se arrejuntó con alguna amante mucho más joven y todavía vivió diez años más. Bellísima y tierna historia. ¿Cuántas así conoce? Son muchas. Son cosa de todos los días. Es tan común que lo aceptamos, lo tomamos como una consecuencia lógica de una fe que no debe ser cuestionada.

Esto es absurdo. Usted no puede condicionar a las personas a que hagan —o eviten— cosas que puedan estar por encima de su derecho a ser felices. Pero eso es justamente lo que hacen, y a mí me parece un delito. Por eso la ley civil contempla los divorcios, porque los jueces no están locos y entienden que la realidad es una y es otra la idea que tiene la Iglesia de cómo deberían ser.

Las personas deben tener la libertad de decidir cómo llevar sus relaciones, y no debería existir ninguna institución o personaje sabio que, basado en un libro revelado, interprete lo que mejor le convenga.

Olvídese de esas mamadas que usa la Iglesia para envolver al matrimonio en un halo de pureza, santidad y eternidad. Lo que valen son las estadísticas, las que muestran la realidad. Nada tienen que ver con quienes desean que algunas cosas duren una eternidad.

La vida se vive a ratos bien sazonados y nada es para siempre. Hay que tomar las cosas a pasos cortos y cautelosos pero sobre todo, de manera relajada.

Una vez me tocó servirle a una mesa de empleados de la cervecería “X”, pero en mi restaurante yo solamente servía cerveza de la competencia. Les ofrecí la cheve y no vea usted el escándalo que armó el tipo que tenía más rango de ese grupo: ¿¡cómo se atreve?!, espetó. El tipo se puso furioso y exigió fuera a comprar las de su marca, cosa que por supuesto no hice. Lo mandé a la chingada y terminó por levantarse e irse por donde entró.

Debemos revisar este tipo de conductas obsesivas; pueden ser perniciosas. Nada dura o debería durar tanto tiempo como para sacrificar tu felicidad y bienestar. ¿No estás a gusto con tu pareja, trabajo, la ropa que usas, tu grupo de amigos o los hábitos que tienes? Mandas todo al centro del carajo y lo cambias. Pero nunca hay que anteponer un argumento ilógico basado en una supuesta revelación divina porque no posee ningún fundamento y lo más seguro es terminar amargado, frustrado y arrepintiéndonos del tiempo perdido y el no haber hecho un cambio antes. ¿Es católico y quiere divorciarse? Hágalo: nadie tiene derecho de amargarle su vida. Vamos a dejar de creer ciegamente en credos religiosos, corporativos y deportivos y usar la razón.

chefherrera@gmail.com