Ficción 2

Hace unas semanas me topé con una amiga periodista que tenía tiempo sin ver. Fuimos por un café y conversamos de un montón de cosas. Entre éstas salió el tema de mis textos apócrifos sobre la Nota Roja, y entonces me confió que cuando recién iniciaba su carrera en un diario de circulación nacional, el director de la sección de espectáculos le pidió inventara los horóscopos del día, pues la encargada —una astróloga— había renunciado.

Al principio no sabía por dónde empezar -dijo-, porque de astrología no sabía (ni sé) una chingada. Entonces me puse a leer los horóscopos de cuanto periódico y revista pude conseguir queriendo encontrar un patrón, una serie de parámetros más o menos definidos, pero lo único que descubrí fue que todos mostraban una tendencia a escribir lo que se les venía en mente y lo que hiciera sentir bien a las personas basado en generalidades.

¿Por dónde empezar, pues? Se me ocurrió preguntarme cosas como ¿qué le diría a mi esposo (que es Piscis) hoy? ¿Y cuál sería mi consejo para mi mejor amiga que es Sagitario? A uno le diré que su número de suerte es tal o cual (vale madre) y a la otra adelantaré que tendrá un encuentro inesperado que la hará reflexionar.

Así estuve llenando horóscopos durante ocho meses hasta que un día la astróloga regresó y me pasaron a otro departamento. ¿Sabes qué fue lo más curioso? Que a la astróloga le parecieron buenísimos mis horóscopos y no paraba de elogiarme.

Se sorprendió al enterarse de que no era astróloga (debió de haber sospechado que no sabía una madre del tema) y para mi fortuna no hizo más preguntas.

En las semanas posteriores a su regreso estuve leyendo sus horóscopos y quiero decirte que no estaban tan divertidos o comprometedores como los míos.

En otra charla, un amigo historiador, al cual le había platicado las anécdotas de la Nota Roja, insistía fervientemente que debíamos ser fieles a los hechos, no tergiversarlos, deducirlos o ¡inventarlos! objetividad y honestidad ante todo. Sí, cómo no.

Mire usted el libro de Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España; habrase oído título tan flagrantemente obsceno, desvergonzado y arrogante. Historia verdadera. Hay que cuestionar la validez de la veracidad de una obra dictada a un escribano por un octogenario que narra sus memorias (prodigiosas ellas) ocurridas décadas atrás y además desde el punto de vista de un vencedor.

Esa obra podrá contener todo menos objetividad pura. Yo le llamo desmemoria fantástica y que me perdonen los historiadores, pero eso no es un libro de historia: es ficción, es literatura. Y muy buena, no me malinterpreten. Pero así hemos construido la historia de este país.

Claro que medios y aparatos electrónicos ya no permiten llenar huecos y cambiar las cosas como antes, pero un aspecto fundamental de la realidad cotidiana se desarrolla a partir de la creación y percepción deliberada de hechos deformados, omisiones y de intentos y deseos truncos y de esta manera se conforma una agenda que si un extraterrestre presenciara este fenómeno pensaría sin duda que la vida humana se trata de una gran obra de teatro constante en donde a los actores parece no importarles salir de su estado catártico y se regocijan viviendo mentalmente situaciones irreales. Pienso que lo nuestro es sólo la búsqueda de verdades temporales, prácticas; lo absoluto y lo universal son quimeras que perseguimos de manera ideal, pero todo siempre termina en lo inmediato, en lo ambiguo y en lo pasajero, por más que nos empeñemos en eternizar nuestra experiencia y nuestra existencia. En fin, a seguir inventando mamadas, que para eso somos muy buenos.

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