Trabajo

Mucha gente no tiene imaginación o no puede —o quiere— ver las oportunidades que se van presentando en su vida todos los días. Cualquier día puede ocurrir algo.

Decía el papá de mi compadre que “si de huevón te metes, de huevón la haces, nomás no le aflojes”. Pero más complicado que la gente que no hace nada, son los que trabajan sin estar a gusto con su chamba. Es entendible: hay que sobrevivir y uno no siempre puede hacer lo que le gusta y además que le paguen bien por eso. Pero dentro de cualquier jale —te guste o no— se da esta oportunidad de entrar en contacto íntimo con uno mismo.

Un cierto empleado que tuve hace años se la pasaba quejándose de todo. “Este es el trabajo que tienes ahorita”, le dije, “métete de lleno en él”. Pero no entendió el mensaje y al final se fastidió solo y lo corrí. No se trata de que estés o no a gusto con lo que haces: si no tienes una mejor alternativa, esa es tu vida en ese momento y debes dar lo mejor. No pierdas tu tiempo desaprovechando el momento que te toca bajo la creencia de que vendrá un cambio mejor, porque éste tal vez nunca va a llegar. El momento debe vivirse al máximo, llevarlo a su plenitud. No es cuestión de gustos, es la realidad, y si no se hace viviremos amargados, perdiendo valioso tiempo de vida y no pudiendo transformarlo en experiencia útil para uno mismo y para los demás. Ojo: no es conformarse con lo que se tiene, es no hacer berrinche por lo que no tienes en ese momento: responsabilízate de él. Mucha gente no tiene imaginación o no puede —o quiere— ver las oportunidades que se van presentando en su vida de todos los días. Porque cualquier día puede ocurrir algo insospechado que te lleve a diseñar una actividad nueva o tomar un camino diferente. O por lo menos a mejorar tu situación. Es cosa de estar atento.

Perdón por ponerme a escribir con un tono de “autoayuda y superación” pero me molesta mucho que, a lo largo de mi carrera, he trabajado con personas que sencillamente les vale una chingada su trabajo y esa actitud se transmite a otros y se proyecta en el resultado final. Y no se vale. Si no estás a gusto, pues lárgate. La vida cotidiana la inventamos nosotros; nos entregamos a trabajos y aceptamos las condiciones que ofrecen o diseñamos actividades bajo nuestras propias reglas. En todo caso, lo hacemos de manera consciente y sin estar coercionados. Las cosas no se hacen a regañadientes.

El trabajo duro y constante, la disciplina y el impulso ciego de la pasión están por encima del talento y la ambición, no al revés. Muchos no entienden este principio; suponen que si eres talentoso o gozas de cierta habilidad, ya la hiciste. Rara vez ocurre: por más chingón que seas, si eres huevón o te rehúsas a trabajar de manera congruente y eficiente, ahí te vas a quedar. El trabajo es un mantra, una repetición que afina nuestras aptitudes y nos hace entrar en un estado contemplativo que nos lleva a un mejor conocimiento y entendimiento de nuestro potencial, de nuestras limitaciones y de nuestra naturaleza. Trabajando sabemos de lo que somos capaces. Y trabajando con otros nos llega duro y claro el mensaje de que no salimos adelante haciendo las cosas solos.

Resumiendo: no es el talento que tienes ni lo que quieres hacer, es lo que tienes aquí y ahorita. Y la actitud infantil de trabajar sintiendo que lo haces a la fuerza es de pendejos, porque aquí no sólo es tu tiempo el que vale, también es el de las personas que trabajan a tu alrededor. Tiempo: eso es lo que verdaderamente vale. Sácale provecho. Y si de plano vas a seguir con esa actitud, mejor salte de trabajar, huevonea a gusto, deja de fastidiar a otros y que la vida te pase por encima: hay muchos esperando tomar la oportunidad que dejaste pasar.

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