Tensión

La cosa es ser claros al momento de sentir o desear algo y resolverlo de manera constructiva.

Hace poco di con un libro de cuentos de Shirley Jackson. Si nunca ha oído hablar de ella, le comento que escribió dos obras importantes: la novela The Haunting of Hill House (a partir de la cual se hiciera una película en 1963) y el cuento The Lottery, mismo que se considera un pilar de la narrativa breve del siglo XX. El maestro Stephen King la tiene como una de sus más notables influencias. Los cuentos de Jackson tratan, en general, del tema de la tensión psicológica que se genera en las relaciones humanas. De esta manera tenemos cuentos como El muñeco, donde dos señoras entran a un restaurante y, hartas y fastidiadas de sí mismas, prefieren viborear a la gente de su alrededor para no tener que lidiar con las incomodidades de su relación. Así, cargan la atención a un ventrílocuo y su novia, quienes después de dar el show en aquel sitio, se sientan a beber y a discutir. El ventrílocuo está claramente ebrio y quiere seguir bebiendo. La novia ya se quiere ir. Comienza la discusión pero en un punto, el tipo saca al muñeco, lo acomoda en su pierna y lo mete a la discusión. Por supuesto que el muñeco comienza a portarse muy grosero con la novia del ventrílocuo, insultándola y llamándola por nombres. Las dos señoras observan, a distancia, y comienzan a indignarse. La tensión aumenta. El ventrílocuo pide lo dejen beber una copa más, la novia intenta evitarlo, el muñeco le dice que es una golfa y de pronto una de las señoras se levanta, camina decididamente hacia la mesa de la pareja y al llegar le suelta una bofetada al muñeco, quien cae despatarrajado al suelo. Al final, la tensión se libera pero nadie ha confrontado el problema ni resuelto nada porque la atención fue concentrada en un estúpido muñeco y no en lo que era verdaderamente importante. Es como esas terapias donde el paciente no es capaz de comunicar sus sentimientos directamente y requiere de un muñeco de tela para lograrlo.

Hace unos días fuimos a comer mi familia y yo a un restaurante. En un punto de la comida, mi hija de seis años contemplaba una silla distinta a la que estaba usando; era una silla de hilos de plástico color menta, flexible y muy cómoda y estaba en una mesa vacía. Me dijo que quería cambiar su silla por ésa y entonces le expliqué que si quería hacerlo, debía pedírselo al mesero. Dijo que no, porque le daba pena. Expliqué entonces que si quería algo, tenía que hacer lo necesario para lograrlo, y en este caso, la solución era llamar al mesero y ordenarle el cambio. La niña se estuvo un rato sentada sin hacer nada, acumulando tensión, hasta que de pronto pasó el mesero, lo detuvo y le pidió le trajera la silla que había deseado. Asunto arreglado. La pregunta es, ¿qué hubiera pasado si ella no resuelve el problema y se queda con las ganas? Por un lado, frustración. Y esto conlleva una sensación de incapacidad, lo cual, si no se resuelve y continua así, puede transformar a un niño común en un adulto perfectamente inútil, resentido y con ganas de echarle la culpa a alguien más de su fracaso.

Gran parte del problema que tenemos como personas y como sociedad viene de una incapacidad para entender, controlar y manejar adecuadamente las diferentes tensiones que se generan de manera natural en nuestras interacciones cotidianas. Las acumulamos, procesamos de manera nefasta y las dejamos salir por medio de conductas perniciosas. No es tan fácil; cada problema posee una cualidad distinta y consecuentemente, una manera particular de abordarse. La cosa es ser claros al momento de sentir o desear algo y resolverlo de manera constructiva, directa y eficiente y no andar sacándole la vuelta a las cosas ni dejarlo para otro día. Pierde uno mucho tiempo y salud así.

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