Demonios

En la mesa de al lado conversan tres abogados: dos hombres y una mujer. Hablan de leyes, de casos, juicios, sentencias. Uno, de oscurísimo traje, pulcro, bien rasurado y de lentecillos finos y elegantes. Otro, con apariencia de profesor, también de lentes, con chaleco rayado y zapatos bostonianos. La mujer, regordeta y vestida como si viniera de un funeral. Es un juicio de divorcio; los tres representan a una mujer de cierta edad que reclama, entre otras tantas cosas, una pensión. Finjo leer, y metido en mi café, intento captar cuanto puedo de esta importante reunión (¿aquelarre, tal vez?). Conspiran. Por lo menos eso es lo que parece. ¿No es eso lo que hacen los abogados? La junta prosigue, evoluciona y comienzan a escucharse cosas preocupantes como "lavado de dinero", "meses de cárcel", "renuncia del presidente de la asociación", "convocar al acusado" y "las acciones de los involucrados". Arme usted la historia, vaya usted a saber qué cuento se traen. La conversación zumba entre sorbos de café, notas en cuadernos con bolígrafos baratos y el temblor general de la charla en la cafetería. Están compenetrados, alterados, en un trance legal que los envuelve y dentro del cual pareciera que poseen el control de las personas involucradas y de las circunstancias que las rodean. Prosiguen. Diseñan un pacto, un acuerdo que convenga a su cliente pero que no lo comprometa a develar ciertos crímenes y trampas cometidas. Deben ocultar información, revelar datos incómodos y comprometedores del marido para generar paranoia, miedo y acojonamiento. Sacan librillos sobre leyes muy específicas; artículos, fracciones, versiones; encuentran paralelismos y confluyen en estrategias y conclusiones que van anotando y que pronto destilan en acuerdos. Ríen. Se miran (¿observan?); sus ojos brillan y la mesa tiembla.

"No somos ingenieros", dice la mujer; "hay que mover las cosas de otra manera". "Si", responde el hombre del traje negro; "el juez y el fedatario están de nuestro lado". Sus rostros se iluminan. En el caso hay un BMW involucrado, así como una finca campestre con caballos de carreras, un apartamento en Polanco, acciones de una empresa y una cuenta con prestanombres. "¡Una bomba!", espeta uno, y otro golpea la mesa, creando un efecto percutivo que hace tintinar tazas y vasos. "Con todas las de la ley", "La policía" y términos afines se distribuyen generosamente por la mesa, y ahora todos están relajados y contentos. Entonces se refieren a un personaje que trabaja en alguna secretaría: "mañas y experiencia, las tiene y aquí tenemos el dinero; márcale mañana temprano". "A este puto se lo va a cargar la verga", declara triunfante otro de los abogados, y estalla en una carcajada siniestra al tiempo que los otros aplauden. Después de agotadas todas las instancias legales, piden la cuenta. Sacan billetes y los arrojan sobre la mesa. Ya se marchan. Intento verles el rostro pero no lo tienen, sólo una masa borrosa de algo que asemeja una combinación de ojos, boca y nariz. Atraviesan la calle y los perros comienzan a ladrar. Sobre la mesa que dejan, tazas de café, vacías, con sus asientos que guardan mensajes misteriosos que sólo una gitana podría interpretar; trozos de papel con garabatos y servilletas hechas bolita, una manchada de lipstick. Al centro, un vaso solitario de agua que nunca se tocó permanece impávido y puro, apenas perturbado por la vibración de los pasos de clientes y meseros.

Yo me quedo un rato más, escuchando los ecos de aquella charla, y no puedo más que pensar que quizá un día me meta en un problema y así tenga que requerir los servicios de esa gente. Cómo no les pedí su tarjeta.


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