Supermercados

Dirán que  estos productos son para personas que no tienen tiempo. Pues le digo que si no tiene tiempo para algo tan elemental como cocinar comida fresca, estamos en problemas.

Voy por los pasillos y en los anaqueles veo toda clase de productos que hace 40 o 50 años no existían. Hay tanta cosa absurda, increíble; antes vendían leche, punto. Ahora las hay descremadas, light, con calcio extra para los viejitos, saborizadas. Los jamones son otra de esas historias de terror; cuando era niño mi mamá pedía jamón de pierna y eso justamente le daban: finas rebanadas de una pierna entera de puerco curado y ahumado. Hoy, el jamón viene en grandes bloques rectangulares, empacado al vacío y vaya usted a saber qué tanta cosa le meten. En cuanto a las latas, la mayoría son una abominación. Un claro ejemplo: verduras. ¿Quién querría comprar estúpidas verduras en lata pudiendo conseguirlas frescas? Sobrepasa mi capacidad de comprensión. Dirán que estos productos son para personas que no tienen tiempo, que trabajan mucho, y así. Pues le digo que si no tiene tiempo para algo tan elemental como cocinar comida fresca, estamos en problemas.

Una de las grandes fallas del súper es vender no solo comida industrializada si no la de promover sabores extraños. Las empresas han creado una serie de productos que emulan sintéticamente los sabores reales, y va más allá: los exagera. Abra una bolsa de frituras, huélala y pruebe: es una intensidad absurda y una combinación de químicos y materiales procesados. Estamos creando una cultura de apreciación culinaria basada en la emulación de la realidad, no en lo que es y mucho menos en lo que significa la comida. Los niños crecen con frituras, bebidas con azúcar, saborizantes y colorantes artificiales y alimentos procesados que exudan grasa, sal y glutamato monosódico. Me parece un acto de cinismo (¿o desesperación?) el que muchos productos digan “¡con fruta de verdad!”. Coño, como si viviéramos en una distopia futurista donde todo está sobrepoblado y casi no queda comida fresca. ¿Se acuerda de Soylent Green, la película de Charlton Heston? Pues para allá vamos.

La cultura de la distorsión de los sabores también ha tersgiversado el sentido de la cocina y, con ello, el de la cultura misma. No hay producto que no haya sido emulado por la industria. Y la mercadotecnia aplica términos como “sabor casero”, “con el sabor de mamá”, “receta de la abuela”. Le tengo una noticia: para que algo tenga sabor casero tiene que hacerse en una casa, no en una fábrica. Y en cuanto a la receta de la abuela, no vale si no es la misma Vieja la que lo hace y empaca.

La comida de hoy está diseñada para economizar costos y precios y para vender volúmenes, todo a costa de la calidad y de nuestro estilo de vida. Ahora todo es fácil: el mensaje que recibimos es: “¡No cocine! Nosotros hacemos la realidad mejor, más sabrosa y más barata”. Así se pierden todas las costumbres y tradiciones que hemos venido conservando desde hace siglos. ¿Se puede estandarizar la cocina en términos de costos y precios sin sacrificar la calidad?

El supermercado tiene un poder, una influencia enorme; es capaz de crear tendencias, modificar hábitos, destruir costumbres e implantar nuevos modelos de comportamiento que antes no existían. ¿Por qué? “Porque se mete hasta la cocina”, literalmente. El supermercado es un monstruo bizarro, un Frankenstein.

En alguna ocasión dije que la cocina nos puede salvar. Lo confirmo: volver a la cocina básica, con producto fresco y real y comer con familia y amigos nos va a regresar esa parte de civilización que hemos sacrificado. Vivimos en un país con una cultura gastronómica milenaria y la industria, a través del supermercado, está destruyendo eso.

chefherrera@gmail.com