Santa Claus no existe

Tenía 8 o 9 años. Merodeaba por la recámara de mis hermanas mayores (que habían dejado la casa hacía años) y, hurgando en el misterioso clóset donde casi nunca entraba, descubrí rollos de papel para envoltura, pero eran particularmente interesantes: eran los mismos con los cuales habían envuelto mis regalos de Navidad. Una luz cerúlea y reconfortante salió de aquel clóset y de inmediato lo deduje; mi reacción no fue una de decepción o enojo: me emocioné. Había descubierto una verdad a partir de una mezcla de evidencia, observación y deducción. Eso me llenó de un extraño poder interno que aún tengo. Ese día entendí que ya no podía creer en todo lo que me habían dicho. Después tuve una sensación momentánea de rabia y confusión; ¿por qué me habían hecho creer esa fantasía estúpida toda mi vida y ahora aceptaban, sin remordimiento o explicación, que todo había sido una farsa piadosa?

Lo que me sacó de ese marasmo de ensoñación fue una sensación de claridad donde logré asociar no sólo lo de la Navidad, también otras creencias y supuestos. Ahí fue donde presentí que la religión estaba íntimamente ligada a todo este proceso.

Mi hijo tiene 8 años. Llegó diciendo que él tenía un duende y que le iba a dejar una carta para que le trajera cosas. Pedimos que explicara eso del duende y dijo que sus amigos en la escuela creen en él. Investigué y resulta que tal personaje fue una invención de alguien y que se popularizó en la red. Ahora los papás lo han puesto de moda y le asignan propiedades según como se les va ocurriendo. Unos dicen que fueron enviados por Santa Claus a casa de cada niño para monitorear su comportamiento. Otros que son traviesos y están ahí para fastidiar a los que se portan mal. También dicen que hay duendes que si los tocas se pierde su magia y hay otros con los cuales sí puedes jugar. O sea que esta historia tonta fue adoptada y adaptada por los regios según su capricho. Es una mentira armada sobre otra mentira. Senté a mi hijo y le hablé duro: “No existe esa cosa. Punto”, le dije. ¿Existía el año pasado? No: lo acaban de inventar. No es real. Los ojos se le llenaron de lágrimas; ¡pues yo quiero creer! Gritó y se fue corriendo. Mi hijo colocó entonces una figurita de un duende en el árbol de Navidad con una carta con las cosas que deseaba le trajera, pero no ocurrió nada. Después lo movió hacia la sala con la esperanza de que ahora sí funcionaría, pero no pasó nada.

Santa Claus es un personaje puñetero y ridículo, confeccionado a la medida de la sociedad que lo invoca de acuerdo a sus necesidades y proyecciones psicológicas, un personaje al cual se le rinde culto económico, comercial. Es francamente innecesario. ¿Podemos construir una Navidad, una tradición, sin este gordo tonto con sus renos voladores y enanos deformes y dejar atrás esta figura melancólica que sugiere ebriedad y depresión?

Somos como niños, aferrados a esta idea mágica del mundo y a estos personajes que nos crean ilusión y despiertan emociones. Debemos salir de esta ensoñación y comenzar a confiar en la razón, el pensamiento crítico. La magia y la ficción siempre estarán ahí, en las películas, el arte, la literatura y la música, pero solo es real en ese momento valioso en el que se experimenta.

Dios es el Santa Claus que utilizan las religiones para engañar a la gente. Espero que un día mi hijo llegue a la conclusión que las creencias que venden esas religiones vienen empaquetadas en atractivos envoltorios pero hacen referencia a un personaje y sitios que no existen.

Ese día podrá sustituir el “quiero creer” por un “quiero entender”.