Risa y miedo

Históricamente venimos de una civilización sanguinaria, violenta y cruel.

Nunca veo la tele. Ese día la vi medio a la fuerza porque quería darme cuenta de cómo estamos en ese apartado. Ya se imaginará la impresión que me llevé; programaciones para tarados, gente olvidada, ociosos, seres automatizados y personas que han perdido el sentido de sus vidas. Fue poco lo que pude rescatar de nuestra triste y empobrecida televisión. Me di cuenta de que padecemos de dos cosas: falta de humor y del sentido del terror. Curioso porque son justamente los dos elementos que nos caracterizan. La verdad es que vivimos muertos de miedo y de risa pero por alguna razón hemos estandarizado –nivelado– nuestra manifestación cultural y mediática de estos elementos y los hemos reducido a patéticas y simplonas expresiones. De niño me botaba de la risa viendo a Los polivoces y al histrión repetitivo del Chavo del Ocho. Los polivoces por ingeniosos y variados y el Chavo porque el guión nos tenía acondicionados a reír en tal y cual momento. No voy a criticar eso: funcionaba (y sigue haciéndolo). También reía con la improvisación y genio de mi cómico favorito, el Loco Valdés, del cual aprendí que el humor no depende ni de un guión ni de un plan previo para reaccionar de tal o cual manera ante alguna situación. A partir de los ochenta, el humor fue cambiando, degradándose y minimizándose hasta quedar reducido a prácticamente nada: una mezcla triste entre humor blanco (me caga ese término por tonto e hipócrita) y el recurso gastadísimo del doble sentido, que ya raya en lo vulgar y del cual no hemos salido.

Hace unas semanas convoqué a mis hijos a ver una película en familia: El libro de piedra. Es un filme que muchos conocen; Joaquín Cordero y Marga López protagonizan una historia de terror donde una estatua cobra vida y hace cosas terribles. Es una de mis favoritas y recuerdo que cuando la vi en la televisión no pude dormir en dos días. Lo mismo le ocurrió a mis hijos, quienes durmieron en nuestra habitación varios días y experimentaron interesantes pesadillas. Con frecuencia les leo cuentos e historias antes de dormir, y el género de terror siempre está presente.

Históricamente venimos de una civilización sanguinaria, violenta y cruel. No hay por qué escandalizarse. Nuestra cultura está embebida de estos elementos y por alguna razón los hemos ocultado. El terror lo hemos reducido a expresiones cómicas (Santo contra cualquier ente sobrenatural o modificaciones tontísimas de monstruos clásicos) o recurrir a los mitos de siempre, pero sin actualizarlos. El terror lo llevamos en la sangre. ¿No me cree? Lea esto:

“Y en aquella placeta tenían tantas cosas muy diabólicas de ver, de bocinas y trompetillas y navajones y muchos corazones de indios que habían quemado, con que sahumaban a aquellos sus ídolos, y todo cuajado de sangre. Tenían tanto, que los doy a la maldición; y como todo hedía a carnicería, no veíamos la hora de quitarnos de tal mal hedor y peor vista”.

(Bernal Díaz del Castillo, en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, Cap. XCII).

Con esa herencia, deberíamos ser expertos en el género. Y no hay que mencionar el resto de nuestra historia porque toda va por el mismo camino, hasta el día de hoy.

Da la impresión de que somos un pueblo de gente aburrida, asustada y manipulada. La creatividad ya no está presente en los géneros de humor y terror; hemos creado un tabú raro alrededor de esto y ello nos limita de manera profunda, porque no nos deja explorar lo que verdaderamente somos. El humor del mexicano es muy complejo, producto de una serie de temores ancestrales, traumas psicosociales, represión sexual, herencias misteriosas y crípticas, y estados de confusión variados. Pero esa combinación de elementos hacen justamente que el nuestro sea un carácter único. Cuestión de perder el miedo y empezar a expresarlo creativamente.

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