Regreso a clases

Por un lado, la educación pública, manipulada y corrupta hasta el extremo, y por otro, la privada, manipulada también en parte por el fanatismo religioso, el elitismo.

Vagando por los pasillos voy surtiendo la lista de útiles. Horas después y con el carrito hasta la madre de libretas, lápices, crayolas y pegamentos, pagamos y llegamos a casa. No había visto a los niños tan divertidos ese día; la emoción sólo es superada por las compras navideñas. Voy poniendo las bolsas sobre la mesa de la salsa, me sirvo una ginebra con mucho hielo y una rodaja de jengibre para combatir el calor y me tiro sobre el sofá. Los niños juegan en la calle; no advierten que las vacaciones han terminado. Está por caer la noche; mi mujer les da de cenar, los baña, ven la tele un rato y a la cama. Al ver los cuadernos sobre la mesa de pronto me invade la nostalgia; recuerdo entonces cuando con mi mamá íbamos comprando lo necesario para iniciar el nuevo año escolar. Me emocionaba pensar que todos esos materiales eran para mí y que el programa de estudio no era el mismo que el del año anterior: ahora vería cosas nuevas, más complejas. Me envolvían una serie de emociones: curiosidad, miedo, ansiedad, expectativa. Antes de empezar el año me gustaba hurgar las bolsas donde estaban los materiales escolares para hojear los textos, oler los lápices, las hojas, los plastificados de los libros y libretas, y así, bajo el estímulo de aromas e imágenes, el cerebro despertaba y me metía en aquellos tomos y mamotretos, intentando adelantarme a las clases.

Ya entrado en los cursos, la vida cotidiana se transformaba en una lucha pulsátil entre querer aprender e ir contra del tedio que causaba un sistema educativo deficiente. Uno quería salir de las aulas, escapar: se opacaba el natural deseo de aprender, de satisfacer nuestra curiosidad y de emocionarse con el conocimiento. El proceso educativo se ralentizaba y los días se hacían cada vez más largos, insoportables. Pero yo sentía que aprender era no sólo algo necesario, sino divertido. Pero allí, en esa escuela, el conocimiento era algo morboso, porque era una escuela católica y el conocimiento siempre quedaba relegado a un segundo plano. La fe, la obediencia, esos eran valores que debíamos practicar y así vivíamos en un estupor intelectual. Quizá a manera de escape, desarrollé un amor por la ciencia y la literatura que hasta hoy persiste; eso me salvó.

Hoy veo el deplorable estado de la educación; por un lado, la educación pública, manipulada y corrupta hasta el extremo, y por otro, la privada, manipulada también en parte por el fanatismo religioso, el elitismo, la paranoia y falta de objetividad. Es una agenda monótona, prefabricada con pegostes y remedos de ciencia, historia y literatura. Ya ni siquiera hay sentido práctico. La curiosidad, el elemento fundamental de nuestra especie, ha sido suplantada por esquemas rígidos de pensamiento de otras épocas, por sistemas obsoletos, intereses políticos, religiosos y económicos. Se han olvidado de lo más importante: el amor por el conocimiento, la pasión por saber, por transformar, por evolucionar. Mezquindad, ignorancia y toda clase de limitantes me llevan a creer que el nuestro es un país cuyas generaciones de estudiantes actuales carecen de un buen futuro. Me gustaría decirles a mis hijos la verdad, que pese a todos sus esfuerzos lo más probable es que terminen toda su educación con muy pocas probabilidades de salir adelante, menos de crear cambios o hacer aportaciones importantes. Quizá lo mejor sea encaminarlos hacia un seminario católico o una carrera en la política; no van a lograr una chingada en cuanto a conocimiento o avance social, pero de hambre no se van a morir.

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