Publicidad

El tema de la publicidad debe estimular una reflexión seria sobre nuestra manera de vivir.

Tengo negocio propio y necesito publicidad para vender mi producto. Siempre me he preguntado si la publicidad, en el fondo, es buena. La respuesta es: no es buena ni mala, es una ramera que se vende al mejor postor y hace lo que le digan. Por dinero. Y como las putas, hay desde las más baratas hasta las que parecen gente decente pero cobran como si uno estuviera casado con ellas.

La mercadotecnia es un fenómeno muy complejo y cambiante que evoluciona a la par de la sociedad y sus tendencias. Y es tan influyente que una de sus metas fundamentales es justamente crear tendencias. Ahí el problema.

El punto es sencillo; si yo vendo un producto cuyo consumo prolongado o sostenido es perjudicial, entonces no debería anunciarse. Y no se vale decir que quienes deben controlar sus hábitos son las personas: por alguna razón prohibieron anunciar el tabaco y por esa misma razón existen clínicas de rehabilitación de alcohol y drogas. Un claro ejemplo de este abuso de consumo es la comida rápida: en internet circulan varios experimentos de personas que se entregaron por completo a una dieta de hamburguesas durante un tiempo determinado y en todos los casos el resultado fue el mismo: obesidad, alta presión y desbalance metabólico general. El problema es que uno no puede prohibir anunciar una cadena de comida rápida, como tampoco se puede retirar la publicidad de otros productos como frituras, refrescos embotellados y algunos productos enlatados. Y esto porque, a diferencia del tabaco, las consecuencias funestas que generan estos productos forman parte de un estilo de vida y no se le puede echar la culpa a una sola cosa.

Pero a la mercadotecnia no le importa el estado de salud ni el bienestar de las personas; la chamba es anunciar algo, y mientras no sea ilegal no hay problema. Ahora el asunto recae en el tema de la ética, que es complicado y no tiene para cuándo procurar conclusiones definitivas o por lo menos soluciones que moderen el ímpetu desenfrenado y ciego de las campañas publicitarias.

¿A quién echarle la culpa? El que fabrica el producto argumenta que a él le pagan por producir; no es su pedo. El que lo anuncia dice que lo buscaron para hacer la campaña y hasta ahí. El que lo distribuye pelea que no se mete con la filosofía ni del producto ni de la empresa, y el que lo compra supone que todo está bien porque nadie sale multado o termina en la cárcel por hacer todas las cosas arriba mencionadas. Al final sólo nos queda la empresa que manda hacer el producto y ahí todo queda en una bruma burocrática y administrativa donde nadie se responsabiliza y a nadie le importa. Mientras tanto, nuestra sociedad vive embebida e intoxicada de vicios y malos hábitos porque permitimos que tanto los productos como los estilos de vida asociados a su consumo se publiciten a boca de jarro sin nadie que los cuestione. “Si lo anuncian y venden es porque es bueno”. Ese es el razonamiento de base y eso es una falacia y una sinrazón que nos lleva a tener vidas desordenadas, desequilibradas y netamente descojonadas.

El tema de la publicidad es uno de carácter ético y debe estimular una reflexión muy seria sobre nuestra manera de vivir, lo que consumimos, las cosas nefastas que nos permitimos y el significado que eso tiene, porque lo que anunciamos es un reflejo duro, claro y directo de lo que somos, y buena parte de eso es una fantasía nociva y tonta. Desde la campaña de un político corrupto y mentiroso hasta bebidas saludables con exceso de azúcar, la mercadotecnia se encarga de hacer que todo parezca perfecto.

Pero qué pinche necesidad de anunciar y comprar mugrero, de veras.

chefherrera@gmail.com