Prohibido tomar fotos

Son lugares comunes y fotografiarlos es una actividad lógica, predecible, algo que se supone debe ocurrir. ¿Tienes miedo a que te roben el alma?

Mediados de los 80. Recién había comprado su cámara de video Betamax. Era un adefesio enorme para los estándares de hoy, pero era lo último, y mi papá estaba fascinado con ella. Y así organizó un viaje a San Cristóbal de las Casas, en Chiapas, y se llevó su maravillosa cámara de video. Allí se dedicó a filmar todo; los indios vendiendo sus cosas en las calles, las iglesias, los niños y sus perros y la gente hablando en lenguas desconocidas. Entonces ocurrió lo que tenía que ocurrir: este puñado de indígenas se molestó porque los estaban filmando y comenzaron a arrojarle piedras a la combi donde viajaban mi papá y mis tías. “¡Nos están apedreando!”, gritaba una de mis tías mientras mi papá seguía pacientemente filmando y el parabrisas se hacía añicos. Cada que vemos el video nos reímos. Nunca supimos por qué estos aborígenes se molestaron; las cosas no han cambiado mucho desde entonces.

Oaxaca. El mercado es como un sueño. Para un cocinero que viene del norte esto es un paraíso. Fotografío todo: chiles, verduras, atajos de yerbas, carnes, gente, artesanías. Un indígena rabioso brinca desde unos canastos llenos de semillas: “¡No puede tomar fotos! ¡Le voy a quitar la cámara!”. “Pues ven a quitármela, pendejo”, le digo en tono sereno. Al tipo le cambió el rostro y se replegó. Yo seguí tomando fotos.

Museo del Policía, DF. En cartelones anuncian la exposición Asesinos en serie. Con maquetas, figuras de cera, videos, fotos y escenarios particularmente chafos se desarrolla la exposición, mostrando algunos de los asesinos más notables del siglo XX. Saco mi iPad y comienzo a tomar instantáneas. Un vejete se acerca, irritado: “Si sigue sacando fotos le voy a quitar la cámara”. “Me puedes sacar de aquí, pero el iPad no me lo vas a quitar, ¿entiendes?”. El tipo se aleja, molesto.

Restaurante, México, DF. Comienzan a llegar los platos. Saco mi iPad y tomo fotos. De pronto me asalta un capitán de meseros: “Lo siento, no puede tomar fotos”. “¿Es broma?”, pregunto. “Son las órdenes que tengo”, dice. “Pues váyanse a chingar a su madre”: me levanto y me voy.

De no creerse. Esto es una mezcla de pedantería, ignorancia, magia negra, pendejez y celo. Nadie está lucrando con esas fotos y videos. Son lugares comunes y fotografiarlos es una actividad lógica, predecible, algo que se supone debe ocurrir. ¿Tienes miedo a que te roben el alma? ¿Tu tonta receta secreta? ¿Tu trabajo tan único e irreproducible? Déjame decirte algo, idiota celoso: hay como seis mil millones de personas en el mundo; la probabilidad de que alguien esté haciendo algo mejor que tú es enorme. No eres tan importante ni tan valioso como para portarte así. El objeto, hasta donde yo sé, es compartir lo que sabemos y hacemos. Bajo ciertas condiciones, claro, pero a fin de cuentas el progreso se debe a esa proliferación, a esta promiscuidad en el intercambio de información. No sé qué se creen estos mamones que se acojonan cuando fotografías sus cosas, pero si no quieres que la gente se entere pues no salgas de tu casa y haz todo en privado. Insisto: si estás en un sitio público, es natural que la gente saque foto y video y que lo suba a las redes sociales. Deberías estar agradecido que tienes clientes, gente que compra tu hechura y te sigue. Ya estuvo bueno de comportamientos de aborigen mezclado con rancherito asustado y mamón de portada de revista de modas; deja de portarte como un príncipe chiflado y soñado, deja esos temores primitivos en un cajón e intégrate al fenómeno informativo más importante de la historia.

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