Personajes ilustres

No estoy seguro qué debo hacer con esa información, ¿emocionarme hasta que se me aflojen los esfínteres? ¿Hincarme y reverenciar estos sitios ?

Hace mucho estuve en una cantina en la Ciudad de México. El mesero se acercó y me dijo, señalando al techo: “Mira, aquí estuvo Pancho Villa bebiendo; ese agujero es una bala de su pistola”. “Me alegro no haber estado ahí en ese momento”, contesté, aliviado.

En otras vacaciones que tuve pasé por un pueblo en Coahuila. En la plaza había una estatua que decía algo así como “aquí se paró a rascarse la cabeza el benemérito de la nación en tal o cual año” (que de seguro se rascó otra parte del cuerpo pero no hay que decirlo aquí por pudor y por respeto a la memoria del personaje ilustre).

Estos fantasmas de celebridades que rondan por cantinas, hoteles, plazas y otros edificios son un tanto necios; se niegan a dejar los sitios donde nacieron, se divirtieron, trabajaron, pelearon y se murieron: se aferran a rotondas, plazas, avenidas, aeropuertos y otras estructuras arquitectónicas. A donde uno va siempre te encuentras con estos recordatorios estériles de toda esa gente, con sus años de nacimiento y muerte o de sus más notables logros.

No estoy seguro qué debo hacer con esa información, ¿emocionarme hasta que se me aflojen los esfínteres? ¿Hincarme y reverenciar estos sitios y monumentos? ¿Seré una mejor persona si paso algunas horas ahí? Quizá me cure de alguna enfermedad, como cuando uno va a Espinazo, NL, a bañarse en el charco del Niño Fidencio. Debe haber algún tipo de beneficio; un montón de placas de bronce con letras y números no pueden estar ahí sin aportar algo más que unos cuantos datos sin importancia práctica.

Justo donde comienza la avenida Juárez hay una cabezota del benemérito. Parece una cabeza olmeca. Es chistoso, a ratos imagino que el resto del cuerpo está enterrado, como cuando uno va a la playa. Entonces imagino a un montón de arqueólogos a 500 años de hoy, cavando con sus palitas y quitando la tierra con brochas.

Supongo que esas estatuas están ahí para recordarnos lo que hicieron y por qué son importantes. En los libros de historia vienen muchos datos biográficos sobre estas personas y llega un punto donde, me parece, confunden y mezclan la historia y sus hechos con las personas que los protagonizaron. Es decir, las personas tienden a convertirse en los valores (heroísmo, humildad, etcétera) y, en última instancia, en la patria misma. Juárez no sólo es el benemérito, sino la patria misma. Y lo pintan con túnicas y laureles, como si fuera un emperador romano. Qué ridículo.

A mi edad, y con todo lo que he vivido en México, ya no creo en esos personajes. No importa qué tan heroicos o trascendentes sean, no son más que bustos de metal, placas conmemorativas que exaltan la melancolía patria, envuelta en el analgésico de las historias y cuentos hechos a la medida de quienes quieren y necesitan creer esas cosas. Al México de hoy se le ha venido la historia encima; no hay mucho de qué regocijarse, pues la misma historia nos ha vuelto a dejar donde mismo: en un deplorable estado de ficción histórica, de repetición de las mismas mañas de siempre, de la siempre eterna violencia, la desigualdad y los berrinches de toda la vida contra los gobernantes y la policía. Y no veo que esto se mejore. Nos encanta coleccionar estampitas, bronces y otros objetos arqueológicos; nos regocijamos en el caldo espeso de la historia pero olvidamos el presente. Lo que sí me gustaría ver en un futuro son los bustos de todos esos aborígenes que nos gobernaron —gobiernan— y que nos pusieron y mantienen donde estamos. Habrá que hacerles una rotonda especial para que no se nos olvide por qué estamos como estamos.

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