Pecera

Me temo que no somos más que eso: un puto pescado acojonado y encerrado en un espacio claustrofóbico, asediados por un estúpido gato.

A esa pecera le falta agua, dije— y mi mujer se extrañó porque siempre cambia el agua cada tanto tiempo y no recordaba haber fallado en las últimas semanas. El caso es que rellenó lo que faltaba y el pez nadó con soltura. Unos días después, durante el desayuno, advertí que el nivel había disminuido. ¿Los niños? Puede ser, son traviesos; hay que preguntarles. Pues no: los niños no se han metido con el pescado, lo juran. ¿Entonces? Mi mujer y yo nos sentamos a reflexionar y llegamos a la conclusión de que debía ser el gato. Qué otra cosa. Eso o el pescado bebe demasiada agua. Dos días después lo vimos: escuchamos ruidos en la planta baja y sigilosamente nos colocamos en las escaleras a observar. Ahí estaba, sobre el mueble que divide la cocina del comedor, con los ojos fijos en la pecera y ondulando suavemente la cola, como imaginando la manera de comerse al pescado. No sería la primera vez, por supuesto, así que ya debía tener varios intentos encima. Metió la pata en el agua, como tanteando la situación, y entonces comenzó a beber de manera copiosa. El pez, aterrado, se oculta bajo un pequeño arco de roca artificial cubierto por algas de plástico. Me recuerda a la caricatura de Piolín y Silvestre, donde el gato hace lo imposible por comerse al canario pero éste siempre elude los ataques con una mezcla de inteligencia, buena suerte y la torpeza del gato. Supongo que la lógica del gato de mi casa es ésta: “Si no me puedo comer al pescado por lo menos me voy a tomar su agua”. A como lo veo, el felino se festeja todos los días bebiéndose una especie de consomé de pescado. El caso es que movimos la pecera a un sitio inaccesible para el gato, pero ahora los niños molestan al pescado arrojándole cosas, haciéndole caras y hasta dejando caer gotas de colorante para alimentos en el agua. Si el pescado no se muere de un infarto ya estoy seriamente pensando en regresarle la pecera al gato.

Tal vez así vivimos, en un ambiente psicológica o culturalmente cerrado, limitado y controlado, asediados por fuerzas extrañas pero paradójicamente protegidos por este mundito artificial creado o aceptado por nosotros. Nos vemos envueltos en esquemas de vida que nos estresan o apabullan y no sabemos cómo manejarlo. Recuerdo una parte de la canción clásica de Pink Floyd, “Wish you were here”; we’re just two lost souls livingin a fishbowl, year after year. Y sí: el mundo es una pecera, pero el mundo mental en el que vivimos. Para algunos es más grande que para otros pero al final es lo mismo; habitamos un mundo cerrado y aburrido que experimenta ciclos interminables y nuestra biología se desarrolló con base en eso. Quizá nuestra mente quiera escapar de este esquema pero no veo la manera. Me temo que no somos más que eso: un puto pescado acojonado y encerrado en un espacio claustrofóbico, asediados por un estúpido gato que a fuerza de no poder comernos se toma nuestra agua. Ese es, me temo, el resultado de millones de años de evolución. Ahora entiendo por qué la gente se droga y se mata sin razón.

El punto es que me estresa tener un pescado en un espacio tan reducido; no es un perro ni un caballo que pueden correr en un jardín o un potrero. Preferiría tener una langosta o algo que se pudiera comer, no un diminuto pescado tropical que sólo sirve de bocado para gatos ociosos y hambrientos. Estoy tentado a dejar caer en la pecera una dosis letal de ron y comprarme un loro. Por lo menos el perico me contesta, y aunque no sabe lo que estoy diciendo, repite lo que digo y hace como que entiende.

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